Paja y sangre

                             PAJA Y SANGRE

 

 

 

   En la era, la noche daba una tregua al terrible calor del día, incluso una suave brisa quiso unirse al ambiente general, al suave anochecer que hacía presentir una noche placentera que daría a los segadores un descanso, una tregua en su infernal vida, en el infierno vivido bajo el tórrido sol andaluz, cuando a mediados de Junio las temperaturas rebasan los cuarenta grados a la sombra. Pero ellos trabajan al sol; de sol a sol.

   Los amaneceres, en la siega sorprenden a los segadores en la besana, en el corte que dejaron en la mies el día anterior, cuando doblados por el trabajo y el esfuerzo, apenas son capaces de poner derecho su cuerpo, de enderezar su espinazo. Las mañanas, antes de que salga el sol, aún son frescas, pero al comenzar el duro trabajo armados con sus hoces, el sudor comienza a bañarlos desde muy temprano, un sudor que podía parecer sangre cuando llegaba el medio día; tan espeso, tan caliente, tan peguntoso, tan doloroso.

   Pero las noches, tras lavarse con abundante agua que despegara de su sudorosas pieles las molestas pajas, tan ásperas, tan urticantes; las noches eran diferentes, dormidos en una manta colocada sobre la parva, les permitían recuperar las fuerzas perdidas, y si las noches eran frescas, rociadas por la brisa que llegaba del lejano mar, entonces, ellas constituían su único placer durante la época de la siega y de la trilla.

   Algunas noches, desde luego no todas las noches, los braceros podían permitirse beber alguna botella de vino de poca o ninguna calidad en la tasca cercana, era el único que podían permitirse pagar con los escasos cuartos ganados; pero el vino les hacía olvidar las penas, no todas las penas, pero al menos aliviaba algunas; también producía aquel mal vino otros efectos, sentimientos eufóricos, o depresivos, o pendencieros, incluso gracioso en otros y cantarines en casi todos.

   Aquella noche los hombres se acercaron a la tasca, una mezcla entre choza y chabola, construida con palos, plásticos y cañas; había en ella un pequeño mostrador con tapa de hojalata, pequeñas mesas viejas y desvencijadas, rodeadas de sillas de palo y enea; no podía saberse si tenían más suciedad los palos o las eneas. Los hombres bebían el vino en botellas de medio litro en cuya boca se había ajustado una caña cortada en sesgo que les permitía beber a gañote aquel infernal y áspero vino, aún turbio por las madres mal separadas.

   Después de alguna hora en la tasca, el vino comenzaba a hacer sus efectos, y esto trajo los primeros roces entre los hombres; un pobre segador, que lo único que tiene es su honor, no puede permitirse ser humillado por otro hombre.

   La discusión fue corta, antes de darse cuenta, los dos hombres estaban en la explanada frente a la choza, los dos se colocaron sus protectores de mano y sacaron sus hoces, las que llevaban en el cinturón, a su espalda, a modo de arma defensiva ahora, sus herramientas de trabajo durante el día; comenzó la pelea.

   Una luna encuarto creciente derramaba la pálida luz suficiente, solo había que ver el brazo del contrincante, y al final de él, seguro que estaba su hoz; algún reflejo metálico lo denotaba. A pesar de su negro acero, brillaba su filo gastado por el roce con la mies y con la piedra de asperón, que le proporcionaba su corte limpio y presto.

   Las manos ásperas, tensados sus tendones por el trabajo diario, agarradas a la empuñadura de veteada madera. Firmeza que le daba la vida, durante el día para ejecutar su duro trabajo de siega, y ahora para mantener firme el arma que había de matar para no morir.

   Unos primeros ensayos para medir la distancia, enganches de los curvados picos con tímidos intentos de arrancar el arma al contrario; pero las rudas manos aguantan el tirón, acostumbradas como están a aguantar el peso de las gavillas clavadas por su corva punta, para lanzarlas sobre los pontones del carro tirado por la yunta de bueyes.

   Primero enganchó la punta de hierro, los faldones de la camisa desabrochada, podrida por el sudor y los lavados con jabón verde, restregada contra las piedras del río, enjuagada en sus frías aguas. El tirón desequilibró lo suficiente a Serafín como para que la segunda cuchillada de su rival, tal vez más acostumbrado que él a las peleas, aunque más borracho; alcanzase la carne de su pecho sudoroso; el cálido y rojo reguero, más espeso que el sudor, se mezcló con este hasta llegar a su cintura. El corte era profundo, ardiente, de su costado izquierdo brotaba la sangre en calidos borbotones.

   Aquel corte pronto pasaría factura, si se entretenía comenzaría a perder fuerzas; al mismo tiempo que la sangre empapaba su raído pantalón, el de mil rayas, el que solo se ponía en algunas ocasiones, que ya habían sido demasiadas; tantas que era difícil ver las mil rayas, ni siquiera algunas de esas mil rayas; pero era sin duda el mejor que tenía, si dejábamos aparte el de pana, el de los disantos, el que había dejado en su casa con las pocas prendas reservadas; pero el de pana era demasiado abrigo para aquellas calores de finales de junio.

   Su rival era más diestro en aquellas labores, más experimentado en beber vino y en reyertas; debía él utilizar sus cartas, su serenidad y su valor, no le quedaba otra; así que voluntariamente, sin demasiado aspaviento, fingió más daño del que realmente tenía, hizo creer a su rival que un mareo le hacía perder el equilibrio al mismo tiempo que le ofrecía un fácil blanco en su brazo y costado izquierdo.

   Manuel creyó poder acabar con la pelea y lanzó toda su fuerza en el golpe siguiente, descuidando algo su costado derecho. Serafín paró el golpe con su hoz y desembarazándola con rapidez, pudo escurrir su cuchilla y abrir con ella un tajo en el pecho de Manuel que permitió a todos los asistentes ver el blanco reflejo de su pulmón. Luego, con la contracción refleja, la herida se cerró, pero la sangre manaba como el agua de un pozo y el segador cayó de rodillas herido de muerte.

  La sangre corrió sobre la tierra seca, tapizada de la paja traída por el viento, por la brisa de la marea que refrescaba la noche, la sangre empapó como el agua de lluvia el polvo y la paja esparcidos en el suelo. Ahora vendría lo peor y Serafín lo sabía, había terminado la pelea, acababa de matar a un segador, a un padre de familia y esto traería consecuencias; primero con la justicia y luego con la familia. Primero tendría que huir de la justicia y luego debía estar preparado para la venganza. Lo primero sería duro, le privaría del trabajo, del sustento; pero lo segundo no tendría fin, conocía a los de Hinojosa, ellos no daría por terminada la pelea hasta terminar con él y con su familia, eran gentes que sabían utilizar las artes ocultas, la brujería y los conjuros.

    La creciente luna le ayudó en su desenfrenada huida; corrió en sentido contrario al de su pueblo, la Guardia Civil lo creería huyendo en busca de la protección de los suyos, pero él sabía que esa no era buena idea; su casa sería el primer sitio en el que lo buscarían, así que evitó la cómoda campiña y buscó la agreste sierra. Anduvo toda la noche, siempre que pudo pisó el agua de los fríos arroyos, para despistar a los perros, para quitarles los vientos, que tan fáciles les serían de seguir estando herido y regando sangre sobre el reseco suelo.

   Al amanecer estaba más muerto que vivo, tanto por el esfuerzo como por la sangre perdida; se quedó dormido al resguardo de una peguntosa  y perfumada jara y despertó a mediodía, cuando el sol estaba bien alto, lo despertó el húmedo hocico de un pollino que pastaba suelto en la dehesa.

   Su juventud y el reparador sueño, le habían devuelto alguna parte de sus fuerzas, no demasiadas, pero las suficientes para poder incorporarse y reconocer el lugar; por el aspecto le pareció que aquel lugar estaba bien metido en la sierra, posiblemente cerca de Cardeña y un enorme cortijo podía verse en el valle cercano. Una terrible sed atenazaba su garganta, y el hambre no le iba a la zaga; estas eran dos cosas difíciles de solucionar.

   Un primer vistazo a la cortijada, le dio algunas de las pautas a seguir, había un pozo y un abrevadero, situados en una vaguada, algo alejados del cortijo; el monte bajo llegaba hasta sus proximidades, y además, el encinar lo protegía de la visión directa desde los cobertizos y cuadras, Serafín comenzó la bajada hasta el pozo, procuró refugiarse en el monte hasta llegar a las proximidades del pozo, y luego de comprobar que había una cubeta de zinc amarrada a una cuerda que pasaba por una garrucha, tomó la decisión de acercarse.

   Le fue fácil utilizar la cubeta y sacar agua, beber hasta hartarse; fueron los ladridos de un mastín los que le indujeron a buscar de nuevo refugio en el monte; debía esperar a la caída de la noche para aprovisionarse de comida; el gallinero que se apoyaba en uno de los muros exteriores del cortijo podía ser su intendencia durante unos días, seguro que no muchos.

   El gallinero estaba formado por una pequeña tapia adosada al muro, y permitía la entrada y salida de las aves por una gatera lateral que podía cerrarse mediante una trampilla formada por una fuerte chapa que corría arriba y abajo por unos carriles metálicos; algo imposible de abrir para un zorro; en un lateral había un angosto portillo cerrado por dos cerrojos, uno abajo y otro arriba del metálico portón, toda precaución era poca contra los astutos zorros; aquel portillo era fácil de abrir para un hombre, sobretodo si lo acuciaba el hambre, necesidad que tanto agudiza el ingenio, y da tanto valor incluso al más cobarde.

   La tarde se le hizo eterna, el hambre retorcía sus entrañas hasta provocarle dolor en todo su abdomen, tanto que le hizo olvidar el otro dolor, el de de su herida, este había pasado a un segundo plano, la perentoriedad de satisfacer su hambre ocupaba la totalidad de su cerebro. El sol se hizo más rojo a cada minuto que pasaba, más grande, a la vez que perdía intensidad su luz y su calor; así hasta que se ocultó tras la colina de poniente, dando una tregua a los animales y a las plantas, permitiéndoles recuperar durante unas horas su tersura, su lozanía, reponer sus cansados órganos y tejidos con el frescor y la humedad de la brisa de la noche.

   Con las últimas luces, cuando las aves se habían recogido de buen grado en espera del premio, consistente en algunos puñados de grano que completaran su dieta diaria; el grano se lo arrojaba una niña en el interior del gallinero, a través del portillo metálico, bien esparcido, permitiendo que todas pudieran comer, desde los más pequeños al gallo caporal; cuando todos estuvieron dentro, la niña cerró la trampilla y la afirmó con la trabilla.

   Con la noche ya cerrada Serafín se decidió a bajar desde su refugio hasta el gallinero; sabía él que los perros detectarían su presencia con rapidez, avisando a los cortijeros de la presencia de un extraño, también podía ser atacado por el corpulento mastín; tenía a su favor que el gallinero estaba a sotavento, pero eso podía cambiar con la caída de la noche, cuando la brisa comenzase a soplar desde la sierra.

   También contaba Serafín con el ruido que formaría el alborotado gallinero, y aunque el portillo era suficiente para permitirle la entrada, la maniobra debía ser rápida, solo coger algunos huevos y huir, si por alguna circunstancia era sorprendido dentro del gallinero las consecuencias podrían ser muy graves.

   Estaba el portillo situado fuera del campo de visión que pudiera tener una persona que saliera por el portón del cortijo, junto al muro de cerramiento del patio principal, cuyas sombras lo ocultaban a una primera visión de alguien que llegara desde el cortijo. Todas aquellas previsiones eran inútiles, lo primero que debía hacer era obtener comida, sin ella su cerebro se obcecaba, era incapaz de pensar con claridad, así que cuando llegó a las proximidades del gallinero, oculto aún bajo la sombra de la última encina, improvisó su ataque; no le dio tiempo al pensamiento, abrió el portillo y entró en el pequeño cercado primero, en la zona techada después, donde estaban los ponederos y los palos sobre los que dormían las aves.

   El ruido producido por el cacareo de las gallinas resultó ensordecedor, pero lo único que podía hacer él era terminar cuanto antes y salir de aquel maloliente lugar; pronto sus manos dieron con los ponederos, y la luz de la luna resaltó la blancura de los huevos, llenó sus bolsillos y luego su gorra que le sirvió de cesta; en menos de un minuto estaba de nuevo en la calle, pero al salir, frente a él, estaba la jovencita que por la tarde les diera de comer a los animales. Sus ojos muy abiertos, la sorpresa inundaba su rostro, la sorpresa que no el miedo entreabría su boca de niña y afirmaba sus pies en el suelo; luego contuvo al mastín que ya acudía presto en su ayuda; lo contuvo abrazándose a su cuello cosa que dejó clavado al animal, y solo un tímido gruñido salía de su garganta.

       - Lo siento, tengo mucha hambre. - Alegó Serafín en su defensa.

   La niña permaneció arrodillada en el suelo, abrazada al cuello de su perro, mientras el hombre se alejaba, desaparecía en el monte tapado por las sombras de las encinas y de la jara; antes de perderse tras el matorral Serafín dedicó una mirada a la jovencita, tan desaliñada y harapienta que le recordaba a sus hermanas pequeñas, pero él supo ver la prometedora belleza de la muchacha, sus grandes ojos negros llenos de esperanzas y de fuegos que prender.

   Una vez en el monte, Serafín sorbió el contenido de cuatro huevos, eso sería suficiente para pasar la noche y mañana se procuraría más alimentos; el resto de los huevos los ocultó bajo una retama y los tapó con hojarasca, después, Serafín buscó una atalaya desde la que poder observar el cortijo, la creciente luna le ayudaba en sus observaciones, quería asegurarse de que la niña no dijera nada para que no vinieran a buscarlo los gañanes y ajustarle las cuentas sobre su robo. Tras una hora de observación, se convenció de que la muchacha había guardado el secreto.

   La fantasmal luz de la creciente luna lo invadía todo, produciendo sombras que sobrecogerían el espíritu más firme, el aullido amenazante de los lobos reverberaba en las montañas cercanas, multiplicándolo, difuminándolo hasta hacerlo impreciso, indeterminado; se hacía imposible saber cuantos lobos había ni donde estaban, la sensación percibida por Serafín era de que la sierra estaba llena de ellos; él sabía que esto no era cierto; pero por precaución buscó un sitio en el que pudo respaldarse contra una gran roca, flanqueada por espesas retamas, de tal forma que solo pudieran entrarle por delante, allí se quedó dormido.

   El frescor del amanecer lo despertó, la mañana en la sierra se dejaba sentir con una brisa que bajaba de las partes más altas en busca de los cálidos valles; Serafín tuvo que moverse para desentumecer sus músculos y calentar su aterido cuerpo. Cuando se disponía a buscar los escondidos huevos en el escondite de la noche anterior, alumbrado por las primeras luces del día pudo ver que la niña venía hacia el monte, también pudo ver que nadie la seguía, que caminaba sola acompañada de su perro, el gigantesco mastín; también pudo ver que llevaba algo en la mano, una pequeña talega.

   Serafín dejó que la muchacha entrara en la zona de monte, donde no podía ser vista desde el cortijo; entonces encaminó sus pasos hasta ella, la abordó en un lugar prominente, desde el que podía ver todo el cortijo y todos los movimientos que en él se producían, pero desde el que no podían ser vistos; allí le dio los buenos días; sin contestar palabra, la muchacha le tendió la talega; Serafín la tomó y la abrió con premura, contenía un cuarto de pan asentado y un buen trozo de chorizo hecho con magro de jabalí.

   Serafín sacó su navaja y comenzó a comer el chorizo acompañado de pan; mientras, el enorme mastín permaneció echado junto a la niña, pendiente de ella. Cuando ya tenía comido casi la mitad del atillo, le  preguntó a la niña por su nombre, esta se agachó en el suelo y lo escribió sobre la tierra, se llamaba Ana, cuando Serafín lo repitió, ella asintió con la cabeza, luego la niña le hizo señas de que era muda y sorda; sin duda aquello le convenía mucho a Serafín.

   Durante los minutos que duró la comida, la niña permaneció sentada en una pequeña piedra, mirándolo muy fijamente, estudiándolo con atención; una vez hubo terminado, le enseñó la herida en su pecho, ella la miró fijamente, con detenimiento, luego la acarició con sus dedos, con sumo cuidado y le hizo señas de que regresaría más tarde.

   Serafín pudo verla alejarse con un alegre trote, el perro lanzaba cariñosos ladridos de felicidad mientras jugaba con ella, la niña daba pequeños saltos juguetones en dirección al cortijo. Aquel era un buen sitio para pasar unos días, y si la niña lo ayudaba, pasaría allí la primera semana, el tiempo más peligroso de la búsqueda; pasado ese tiempo, se olvidarían de él, pasaría a segundo termino, sobre todo si sucedía algún nuevo evento delictivo en la zona, entonces la Guardia Civil centraría en él su atención.

   A media mañana, Serafín vio de nuevo que la niña se acercaba, acompañada de su inseparable perro, el animal trotaba juguetón a su lado, sin perderla de vista ni un instante, armado con un impresionante collar de púas que le servía para defenderse de los frecuentes ataques de los lobos; llegaron hasta el sitio en el que habían estado por la mañana, al claro en el espeso bajo monte, allí los esperaba Serafín, ya más repuesto y con mejor color tras el descanso y la comida.

   La niña llevaba esta vez un atillo con alcohol y gasas, también llevaba unos ungüentos preparados por su madre, hechos de hierbas del monte, esto era un oficio herencia de sus abuelas, recetas ancestrales de las que nadie conocía su comienzo, pero todos sabían de su efectividad.

   Desabotonó la camisa de Serafín y lo hizo tumbarse sobre la tierna hierba junto a la jara, en aquel tiempo blanqueada con su flor, luego comenzó a limpiar la herida con el alcohol y tras secarse este, le hizo unos apósitos con los ungüentos; estos debían permanecer unos minutos antes de terminar de vendarlo; la niña aprovechó este tiempo para coser la desgarrada camisa. Para terminar de vendarlo tuvo que ponerlo de pie, fue ella la que dio varias vueltas a su derredor colocando las tiras obtenidas de viejas sabanas a modo de vendas, sujetando con ellas las gasas que contenían los ungüentos; Serafín tuvo que agacharse para facilitarle el que le colocara la remendada camisa, Ana que a pesar de haber cumplido los dieciséis, su cabeza tan solo llegaba por el hombro del fornido segador, así era la niña, pequeña en estatura, condición que compensaba sobradamente con otras virtudes que la engrandecían.

   Con mimo, Ana colocó la camisa y acarició tiernamente su pecho desnudo antes de abrochar la prenda, la delicadeza y consideración con que la trataba aquel hombre, la hacían sentir otras cosas; ella siempre había sido tratada como una disminuida por su familia y por los gañanes del cortijo, que el único respeto que le tenían era por el miedo que sentían por su tío Sebastián, un maduro gañán de casi dos metros de estatura y unas manos enormes y duras, que en una ocasión mataron a un hombre de un manotazo; Sebastián era hermano de su difunto padre, y desde entonces fue un segundo padre. También protegía a su madre, pero de otra forma.

   La niña se marchó, los ojos de Serafín la siguieron durante todo el descenso hasta el cortijo; Ana se volvió disimuladamente para mirarlo en varias ocasiones, haciendo como que se paraba a acariciar su perro. Las visitas de Ana se repitieron cada tarde y cada mañana, para traerle provisiones y para curar sus heridas, todas las tardes y las mañanas de los días sucesivos.

   Pero aquella misma tarde, tras marcharse la muchacha, la luna estaba ya alta en el cielo, tan alta y luminosa, que impedía la visión de las estrellas, permitiendo ver tan solo las más relucientes; pronto comenzó el aullar de los lobos aquella noche despejada y calida, iluminada por la luna creciente que andaba próxima a ser llena, a Serafín los aullidos de esa noche le sonaron especiales; en el eco de sus aullidos, al mezclarse los unos con los otros, le pareció escuchar voces humanas, parecía que los lobos quisieran decirle algo.

   Tanto lo impresionaron, que procuró amontonar algunas piedras en torno a su refugio para hacer más angosta la entrada, para defenderse mejor. En sus sueños, creyó escuchar las amenazantes voces de los parientes del difunto segador, del que mató en la sangrienta pelea al borde de la era, aquellos aullidos humanos parecían tal vez producidos por el viento o tal vez no.

   Serafín se procuró algún palo que pudiera servirle para la defensa, intuía un ataque; en aquel pueblo, en Hinojosa, había tradición de brujería, y se decía que aquellas brujas tenían a los lobos como sus servidores y amigos; por primera vez desde su desesperada huida, Serafín sentía miedo, un miedo visceral, irracional.

   Los aullidos no cesaban, parecían más esparcidos por la sierra, como si obedecieran a una infernal táctica planificada por humanos; de improviso, los aullidos cesaron, el silencio fue más aterrador que lo había sido el aullar de los animales; pocos minutos después, los sintió moverse a su alrededor, inspeccionando el terreno, midiendo sus fuerzas.

  Frente a él, a la entrada del estrecho pasillo que permitía el acceso a su refugio, apareció como venido de la nada, del más allá, un majestuoso, terrible, fiero animal, plantado firme sobre sus cuatro patas, encendidos sus ojos por la penumbra y el brillo de la luna; el animal lo miraba con fijeza; su redonda cara de prominente hocico levemente babeante, daba marco a dos ascuas, dos encendidos carbones, dos ojos aterradores.

   Serafín agarró con su mano derecha su hoz de oxidado hierro y refulgente filo gastado por el corte de la mies, en su mano izquierda un fuerte palo de más de un metro; con él sostendría el ataque el animal mientras lanzaba su ofensiva con el hocino; sencilla táctica de defensa ante un cánido, ofrecer algo que pudiera morder mientras lo atacaba con la mano contraria; pero eso sería otro día, el líder solo venía a inspeccionar y tantear.

   Con el animal a dos metros de distancia, pudiendo oler su aliento, la redonda cara del lobo se convirtió por un momento en el rostro del segador muerto, el rostro de Manuel, que lo miraba con fijeza, con cara de cordero degollado, ahora no le quedaba duda de que los lobos estaban manejados por alguna bruja pariente de Manuel.

   Desapareció la visión y desapareció el animal, pero Serafín sabía que volverían, que no tardarían en hacerlo; tras su marcha, en el cortijo se escuchó una refriega de perros, seguramente los lobos habían tenido un encuentro con los mastines del cortijo. Tras los aullidos de los perros, vinieron los ladridos, luego los aullidos de los lobos ya en la sierra, y más tarde la tranquilidad absoluta, se habían replegado, pero volverían.

   A la mañana siguiente, vino la niña preparada para hacer su cura cotidiana; la acompañaba el mastín, que presentaba abundantes heridas que le permitían andar con mucha dificultad; por señas le explicó Ana, que un perro había muerto y varios estaban seriamente heridos por los lobos de anoche. La niña estaba muy asustada, no recordaba ella un ataque tan franco de los lobos a los mastines; habían conseguido casi desarmar al cortijo de perros, todos estaban seriamente tocados, tardarían días en recuperarse; pero aquel ataque era algo especial, se había hecho con una intención clara, la de dejar el cortijo sin defensa, para conseguirlo, los lobos también habían sufrido bajas.

   Serafín no quiso contarle nada de lo que le había sucedido a él, no quería aparecer como el responsable de todo aquello, pero le tenía enorme miedo a la noche; esta noche le atacarían de nuevo, y ahora conocían mejor el terreno y sus defensas, su capacidad de resistencia sería pequeña, y ellos vendrían preparados; él también procuraría prepararse, para ello y basándose en lo sucedido la noche anterior, solicitó a la niña, que leía a la perfección sus labios y más cosas, que le trajera algo de aceite, del quemado, del que usaban en el cortijo para la fabricación de jabón.

   La niña, aprovechando su subida de la tarde, subió además de la comida y los utensilios de curar, una garrafa de cinco litros de aceite viejo, del usado en los fritos, una de las que su madre guardaba en la cuadra abandonada, la que utilizaban para las matanzas y para otras faenas temporales.

   Después de curarle la herida, tumbado el muchacho sobre la hierba, Ana exploró con cuidado el pecho del joven en busca de otras heridas menores, no encontró ninguna, pero disfrutó del masaje subida a horcajadas sobre el muchacho, con sus muslos pegados a su abdomen y sus manos explorando el juvenil torso de Serafín.

   Cuando comenzaba a anochecer, el muchacho abrió un pequeño surco alrededor de su refugio, un surco poco profundo, de no más de tres centímetros de profundidad, que  lo llenó de arena seca, esta la impregnó con aceite, esto haría las veces de porosa mecha, permitiendo que el aceite ardiera despacio, en todo su derredor, consumiéndose lentamente, quizás durante horas.

   También hizo antorchas, con bolas de algodón que cogió de un cultivo cercano, las impregnó en aceite y las puso a su lado, envueltas en un plástico para que no se secaran; a todos esos preparativos añadió una caja de cerillos que le había traído la niña, todo aquello le permitiría encender fuego con rapidez, controlando la situación.

   La luna subió en el horizonte mucho antes de que anocheciera, favoreciendo una puesta de sol más roja que de costumbre, cuando el sol se ocultó, todo se hizo rojo, hasta las encinas parecieron antorchas por un momento; fue en ese instante cuando empezaron los aullidos, suaves y lejanos primero, duros agobiantes y próximos después; se cernían en la sierra, en sus proximidades.

   Serafín sintió su cerco, como se le aproximaban ocultos por el matorral; el aullido más potente era el que parecía dirigirlos, organizarlos, medir sus pasos silenciosos y amenazantes; el ataque era inminente, sincronizado, sin premuras, pero implacable.

   Serafín escudriñaba con el oído todo lo que le rodeaba, buscaba un indicio, un ruido que los delatara. Por fin, sobre su cabeza, encima de la roca que le protegía las espaldas, a más de cuatro metros de altura sonó un gruñido; sin duda era el líder de la manada, desde esa privilegiada posición dirigiría el ataque. Serafín se sintió indefenso, desarmado en su estrategia; el miedo lo invadió desde la punta de sus dedos hasta la punta de su pelo negro y rizado, que se erizó mientras un escalofrío lo recorría de abajo arriba, tensando sus músculos y llevando el dolor a su herida primero y a todo su cuerpo después.

   Los cortos aullidos del líder de la manada, parecían ser ordenes al resto de sus congéneres, de hecho debían serlo ya que de inmediato se inició el ataque; Serafín prendió fuego a una antorcha y con ella al aceite que empapaba la arena de la pequeña zanja que lo rodeaba, eso mantuvo a raya a los lobos, que se mantuvieron fuera del circulo, sentados en derredor; el líder parecía saber que aquello no duraría toda la noche, que el aceite se agotaría en pocas horas y ellos no tenían prisa.

   Uno de los lobos, de los más jóvenes, se atrevió a saltar sobre el circulo de fuego, Serafín lo recibió arrimando la antorcha encendida a su barriga, a la zona más sensible, haciéndole sentir el dolor de la quemadura, y dejando en el ambiente un profundo olor a pelo quemado; el joven lobo tuvo que retirarse, la maniobra le había gustado al líder, de esa forma medía las fuerzas de Serafín y lo desgastaba, sin duda el animal recibía ordenes superiores de un espíritu lejano y maligno.

   El joven aplicaba algo de aceite a la antorcha en llamas, para que su fuego no decayera, y mantenía las otras, las que permanecían envueltas en el plástico, en reserva; sabía que en cuanto el fuego se viniera abajo, no podría mantener su posición, le resultaría imposible defenderse de tantos lobos, que mantenían un ataque organizado en su contra.

   Aunque Serafín aplicaba aceite a los distintos tramos de la pequeña zanja que mantenía el circulo de fuego, el aceite empezaba a escasear, y las llamas del circulo empezaban a perder fuerza; los lobos no tardarían en atacar, y entonces, solo con la antorcha sería imposible mantenerlos a raya, los lobos se habían aproximado al circulo de fuego y ya estaban prestos a atacar a la primera orden de su jefe, fue entonces cuando al joven se le ocurrió una idea desesperada, si fallaba sería su perdición, pero por otro lado, si no lo hacía, su perdición era segura en pocos minutos.

   Con un trozo de tela de su pañuelo, amarándole a cada lado uno de los cordones de sus zapatos, fabricó una honda de pastor; era un instrumento que él había utilizado mucho cuando de chiquillo pastoreaba el pequeño rebaño de ovejas de su padre, había llegado a ser muy diestro en su manejo, donde ponía el ojo ponía la piedra. Esta vez no se trataría de piedras, utilizaría como proyectiles las bolas de algodón empapadas de aceite que guardaba en la bolsa de plástico; las empaparía bien, las colocaría sobre la honda y le prendería fuego. El pañuelo resistiría poco, por lo que había de andar ligero si quería poder lanzar siquiera dos proyectiles.

   El primer proyectil lo lanzó contra el jefe de la manada; el impacto fue certero, le dio en pleno pecho y el aceite ardiendo le penetró hasta la piel; el lobo se convirtió en una bola de fuego y corrió como alma que lleva el diablo. Sin dar lugar a más reacciones, aprovechando que el pañuelo estaba en llamas colocó una segunda bola de algodón sobre él y la lanzó contra otro lobo de los del numeroso grupo; esta vez impacto en sus cuartos traseros, y cuando corría por el monte, su cola parecía una antorcha fugaz, que prendía fuego a todo lo que tocaba.

   Los lobos en su desesperada huida, prendieron las secas retamas, y pronto el monte ardía como una tea; Serafín corrió en busca del cercano arroyo que corría valle abajo, caminó por su cauce toda la noche, debía alejarse del lugar y no dejar rastro, para que cuando los lobos se reorganizaran, él estuviera lejos, de esa forma tardarían en volverlo a encontrar, sabía que lo buscarían.

   El amanecer lo encontró lejos, el sol  apareció con fuerza sobre el horizonte, el amanecer amenazaba con un caluroso día, y ahora no tenía quien le trajera la comida ni el agua; por unos momentos los grandes ojos negros de la muchacha llenaron su mente y no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus resecos labios.

   Había caminado toda la noche hacia poniente, huyendo de la sierra y aproximándose a su objetivo; descansaría durante el día y caminaría durante la noche, ahora a lo lejos, al sur, podía ver Villanueva, pero no le interesaba acercarse al pueblo, en su estado y con las ropas sucias y rotas llamaría mucho la atención; ahora lo que debía hacer era buscar un sitio para pasar el día y procurarse algo de comida, lo primero decidió hacerlo en un entramado de chumberas que había cerca, allí encontró un lugar muy resguardado entre las chumberas y unas grandes peñas que formaban casi una cueva, un buen lugar para pasar el día.

   Cuando procuraba acomodarse en su improvisado refugio, un enorme lagarto de casi cincuenta centímetros de largo, viéndose sorprendido en su escondite, salió de debajo de unas piedras que había a la entrada; pero como la mañana era aun fresca, el animal estaba frío y sus movimientos eran lentos y torpes. Viendo el animal que le resultaría difícil huir en aquellas circunstancias, procuró defenderse abriendo su boca y enseñando sus dientes a su enemigo; Serafín asestó un certero golpe con el palo que le servía de bastón, golpe que dejó tendido al animal panza arriba, se dijo Serafín que ya tenía el desayuno; encendió una pequeña candela, destripó y arranco la piel del animal y pinchándolo en un palo se dispuso a asarlo como a un espeto de sardinas; una pena que no dispusiera de un poco de sal, de todas formas el desayuno le resultó delicioso.

   Cuando fue medio día y el campo quedó solitario, se atrevió a salir de su escondite, se asomó desde lo alto de las piedras que le servían de refugio y pudo ver que tras las chumberas, repletas de higos aún verdes, había un huerto, en el que algunos frutales tenían ya fruta relativamente madura, lo suficiente como para comerla; comió toda la que pudo y guardó alguna para la cena, la única comida que haría durante el duro camino hacia poniente; tras la comida, aún pudo disfrutar de una necesaria siesta, durante la que soñó cosas terribles; una bruja, en medio de un aquelarre bajo la luna, arengaba a unos lobos como un general a sus huestes, los amenazaba y los humillaba mientras les mostraba aterradoras imágenes de terribles infiernos y les señalaba su imagen en un mágico espejo lleno de rojos reflejos de sangre, de odios acumulados; luego pronunciaba un terrible y atronador conjuro y le señalaba el camino a seguir.

   Le quedaban aún dos largas caminatas hasta su destino en busca de sus enemigos; si hubiera estado en buenas condiciones, podría haberlas hecho más rápidas, pero ese no era el caso, tenía que adaptarse a las circunstancias que tenía; así que llegado el atardecer, cuando el sol había declinado lo suficiente como para que las imágenes no fueran nítidas, y el calor del día había dejado paso a una suave y fresca brisa que bajaba de las sierras próximas, de las sierras del norte, de la Sierra Morena, Serafín reanudó su marcha por angostos caminos que la luna, ahora casi llena, iluminaba con una luz blanca y difusa, permitiendo ver y no ser visto, cosa muy importante en su situación; tampoco podía permitirse arrimarse demasiado a las estribaciones de la sierra, el dominio de los lobos y por lo tanto de las brujas.

   Durante la noche, a su izquierda quedaron las luces de pueblos como Pozo Blanco, Añora y El Viso; en las proximidades de esta localidad se le vino encima el día, cuando vio un arroyo que aún corría y cerca de él un cañaveral que consideró adecuado para pasar hasta la próxima noche; en él escuchó el croar de las ranas, promesa de la suculenta cena que se le prometía, “Dios proveerá”, esa era su máxima, la única que podía tener.

   En uno de los recodos del arroyo había una cárcava excavada en la piedra caliza por las turbulentas aguas de alguna riada, eso y la protección de las cañas era refugio suficiente para pasar el día. Allí buscó algunas cañas secas, sobre ellas colocó hojarasca y paja del trigal cercano, que fueron los componentes de la que sería su cama aquel día.

   Al quedarse dormido tornaron los sueños aterradores, ahora la bruja conjuraba a las aves, a los negros cuervos, para que lo buscaran desde el cielo, para que le dijeran a ella y a los lobos el lugar en el que se encontraba, incluso les conminaba a que lo atacaran; en su sueño pudo ver como una bandada de cuervos lo atacaban en pleno día, consiguiendo en un feroz ataque sacarle los ojos  con sus afiladas garras y llevarlos en sus picos hasta la bruja, solo la imagen de la niña consiguió espantarlos de su mente.

   Cuando comenzó a caer el sol, y despertó de su terrible sueño, después de haber descansado lo suficiente, cuando fue bastante la luz de la luna que se elevaba con premura por el sur, el croar de las ranas se hizo ensordecedor, y Serafín comenzó su cacería, para ello se preparó una caña adecuada, el palo hubiera sido excesivo, y además de lento para tal menester, hubiera producido tal daño en el animal que lo hubiera dejado inservible. Una caña fina, con cierto verdor, de poco más de un metro de longitud, era sin duda el instrumento adecuado; con ella en la mano se acercaba cauto por la orilla, y cuando la tenía a su alcance, le lanzaba un golpe a corta distancia que dejaba a la rana atontecida, sin matarla ni maltratar su cuerpo, la agarraba con su mano izquierda, en la derecha llevaba la caña, y le clavaba la uña del pulgar en su cerviz, luego almacenaba al animalito en su bolsillo.

   Así cazó hasta veinticuatro ranas de buen tamaño, las consideró suficientes para la cena. En un lugar algo apartado de su refugio buscó una piedra llana y se dispuso a prepararlas; cuando ya tenía la navaja en la mano, escuchó el primer trueno, midió el tiempo entre el relámpago y el trueno; pudo contar hasta doce, la tormenta estaba a cuatro kilómetros.

   Había que limpiar aquellos bichos con rapidez, cortaba con su navaja, apoyada la rana sobre la piedra, por encima de sus caderas, despreciaba el abdomen y la cabeza y le quitaba los “calzoncillos” a las ancas, que aparecían blancas y limpias.

   Se produjo el segundo relámpago, esta vez el trueno solo tardó seis segundos, se acercaba a pasos agigantados; Serafín cogió algunas ramas finas y algo de hojarasca y con sus veinticuatro ancas peladas y limpias se refugió en su cárcava en el preciso momento en que caían las primeras gruesas gotas de agua que anunciaban la inminente tormenta, un tercer relámpago seguido de un trueno que pareció rajar el cielo, la tormenta estaba encima.

   Menos mal que la cárcava estaba abierta a sotavento, la candela la encendió en la misma puerta y cuando se convirtió en brasero, en ella comenzó a asar las ancas, serían su cena; también en esta ocasión sintió no tener sal ni otros condimentos, pero saciaron su terrible hambre.

   En la cárcava había podido dormir seco; cuando cesó el fragor de la tormenta; se dispuso a continuar su camino; las nubes se habían retirado y dejaron paso a la luz de una luna llena; durante todo lo que quedaba de noche caminó por estrechos caminos pudiendo ver las luces de pueblos como Villaralto, Fuente la Lancha y por fin Hinojosa.

   Con Hinojosa a la vista, esperó la caída de la tarde, aquel era un lugar muy peligroso para él, buscó un huerto en el que saciar su hambre y después un apartado refugio par esperar el crepúsculo; aquellas horas se le hicieron muy largas. Cuando el sol se ocultó tras el solitario monte de poniente y las tinieblas se adueñaron de los caminos, vio que un viejo de andares lentos y torpes, se acercaba al pueblo; le pareció la persona adecuada para hacerle su pregunta:

      -“Señor, soy forastero, y vengo a presentar mis respetos a la familia del infortunado segador que fue asesinado hace dos semanas; ¿Puede decirme donde viven?

   El viejo, casi ciego, doblada su espalda por los años, le señaló una apartada casa en los extremos del pueblo, luego continuó su camino, no sin antes volverse en varias ocasiones para mirarlo; pensó Serafín que poco  podría ver aquel anciano tullido; pero el anciano lo miraba con ojos que veían otras cosas, y después de haberse separado algunos pasos se volvió y le dijo:

-Tenga cuidado, sobretodo con la vieja.

 

   Serafín fue a montar su guardia en una esquina próxima, donde sentado en la piedra que formaba la cantonera, le pareció no llamar la atención; allí aguardaría a que se cerrara la noche mientras hacía recuento de los habitantes de la casa. Solo pudo ver entrar a un viejo tullido y a una enlutada viuda, seguro que era la mujer del infortunado; y luego cuando la luna, ahora llena por completo, estaba bien alta en el cielo apareció una anciana, tal vez la madre del difunto, mujer que a pesar de su edad tenía el paso firme y ágil, que se hacía acompañar por un “mixtolobo”, también era viejo el perro, pero sus ojos parecían ascuas encendidas que quisieran salirse de sus orbitas.

   El viejo animal acompañando de la anciana comenzaron a alejarse del pueblo, tomaron el camino de las eras, donde aún brillaban las parvas recién trilladas, y junto a ellas los montones de trigo ya ablentados, amarillos, pálidos a la luz de la luna; cuando llegaron a los redondeados almiares, se dispusieron a iniciar su particular aquelarre, reconoció en aquella vieja, a la bruja de sus sueños.

   La vieja danzó alrededor del perro lobo que aullaba desconsolado a la solitaria luna; pronto aparecieron algunos lobos que venían sin duda de la sierra y que formaron un corro alrededor de la bruja que no dejaba de danzar. De cuando en vez, la vieja se acercaba a la oreja de su viejo perro y decía algunas palabras; este parecía traducirlas en aullidos para sus congéneres; toda aquella ceremonia duró media hora, luego se retiraron los lobos, que tomaron diferentes direcciones hacia la sierra, sin duda con instrucciones de buscarlo.

   La bruja permaneció aún un rato con sus conjuros, bajo la atenta mirada del perro; Serafín permanecía escondido tras un almiar a sotavento de ambos; cuando la vieja inició el camino de regreso a su casa, serafín salió a su paso, el perro inició un amenazante gruñido, el joven, de un golpe seco con el hocino, cortó la cabeza  de la anciana que dio un ruidoso pelotazo en el suelo, sobre la paja recién trillada y esparcida por el suelo, salpicándola de sangre roja y calida. El perro se lanzó contra él, le ofreció Fermín su brazo izquierdo, al que el anciano perro clavó sus dientes, mientras él lo rajaba en canal por su vientre, dejando que sus tripas cayeran al suelo, escuchándose un chapoteo de vísceras sobre el polvoriento camino tapizado de pajas.

   Tras limpiar la hoz con su pañuelo, la devolvió a su cinto, en su espalda y se encaminó al pueblo. La casa de la bruja permanecía cerrada, Serafín la rodeó hasta llegar a la tapia que la cerraba por su parte posterior, no le resultó difícil saltarla, entonces se encontró en un patio lleno de escombros y aperos oxidados por el desuso; la puerta de la cocina estaba abierta, y en su interior, la mujer vestida de negro, la viuda de Manuel, realizaba algunas faenas en los fogones, seguramente preparaba la cena, mientras el viejo esperaba sentado a la mesa desvencijada del comedor contiguo.

   Serafín encaminó sus pasos sigilosos hasta la puerta de la cocina, allí permaneció un instante aguardando su momento, este llegó pronto, la viuda se volvió hacia la alacena para buscar algún cacharro; dos pasos sigilosos de Serafín fueron suficientes; un certero tajo de su hocino y la cabeza de la viuda cayó sobre la estantería de madera en la que se almacenaban las legumbres; no se escuchó nada más que un golpe sordo sobre la madera y la cabeza quedó estática entre dos talegas de garbanzos, mirándolo con los ojos muy abiertos.

   El padre de Manuel continuaba sentado frente a la desvencijada mesa del comedor, adormecido, sin enterarse de nada; cuando Serafín se puso frente a él con la hoz en la mano, el viejo le dirigió una mirada de sorpresa, de incomprensión; así quedaron sus ojos cuando su cabeza rodó por el suelo formando un charco de sangre, y su cuerpo se desplomó inerme sobre el suelo terrizo.

   ! Muerto el perro se acabó la rabia! Fue la frase que dijo Serafín mientras se alejaba de Hinojosa por el camino de levante; de regreso al cortijo de Cardeña, a buscar a la niña sorda y muda de sus sueños.

 

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