LA CUEVA

                                        LA CUEVA

 

   El pequeño grupo de extraños y nuevos simios, sorprendió al resto de los mamíferos que ocupaban la región; un grupo de no más de doce individuos, desgarbados y vestidos con harapos, con restos de la piel de otros mamíferos, caminaron por la llanura helada; protegían su desnuda y débil piel, con retos de las pieles de sus propias victimas; secas y curadas al sol.

   Sabían los habitantes de la zona, sobre todo los más pequeños, que eran unos mamíferos peligrosos, quizás los más peligrosos; a pesar de su débil aspecto, eran temibles, sabían construir herramientas, armas mortíferas, que además las utilizaban de forma organizada, sabían matar.

   El extraño grupo caminaba en columna, guardando su retaguardia mientras estaban en campo descubierto; portaban sus armas, sus hembras y sus crías; por lo que no se trataba de una partida de caza, si no de un traslado.

   El pequeño grupo se encaminó hacia la pared de roca, buscaban una cueva, un orificio en la pared que les sirviera de refugio; un estremecimiento aceleró el pequeño corazón de la coneja, del pequeño roedor, conocía como nadie todos los vericuetos de la roca, todas aquellas cuevas y agujeros que tantas veces les habían servido de refugio, de protección contra sus enemigos.

   Sabía la vieja hembra de conejo, que había una cueva que no se podía usar, un lugar prohibido en la fría pared de roca que bordeaba el macizo, una cueva en la que ningún animal del entorno se atrevería a refugiarse, y a ella se dirigían los simios, sabía la coneja que sus armas no les servirían para librarse de eso.

   Brrrom, el jefe de la manada de los simios, husmeaba el frío viento de aquella tarde fría y ventosa, como casi todas las tardes por aquella zona, debían encontrar pronto un refugio para pasar la noche, o el frío de la madrugada los mataría, sobre todo a las crías; además Tamm, su hembra preferida, acababa de parir, y debía protegerse de las heladoras noches.

   Cuando Brrrom vio la oquedad en la roca, supo que aquella era su salvación, quizás pudiera ser su refugio durante una temporada, y desde ella organizar sus partidas de caza, mientras las hembras y los cachorros permanecían a salvo en la cueva.

   El lugar era magnifico, una entrada no demasiado grande, fácilmente defendible, que daba a una amplia cavidad en la que podían dormir todos con holgura, incluso un angosto y oscuro pasadizo parecía dar acceso a otras oquedades; por ahora con aquello tenían bastante; además su fino olfato le revelaba, que hacía tiempo que ningún otro animal había ocupado la cueva, no revelaba la presencia reciente de animales grandes ni pequeños.

   Primero entraron Brrrom y sus dos lugartenientes, los guerreros más valientes y hábiles, los que cubrían a las hembras cuando Brrrom no tenía el ánimo suficiente, o no era estimulado por la hembra adecuada.

   Cuando hubieron comprobado que no había posibles enemigos en la cueva, dieron la señal para que entraran los demás miembros de la manada; entraron y acomodaron sus escasas pertenencias, algunas pieles, algo de carne seca y las armas, su más preciado tesoro, las armas las colocaron en el centro.

   Pensó Brrrom que el lugar era perfecto, era calido y seco, un tenue calor salía de sus galerías, los pelos de los antebrazos de Brrrom se pusieron erectos, aquel lugar lo ponía nervioso, pero ya no era tiempo de cambiar a la manada, aquella noche debían pasarla allí, sería imposible convencer a las hembras de que abandonaran el lugar, debía Brrrom aceptar lo inevitable.

   La manada, una vez tranquila y acomodada en la cueva, quedó dormida, pero Brrrom se mantuvo en vigilia durante horas; su amigo y lugarteniente Cronn, se ocupó de la primera guardia junto a la puerta, vigilando la posible llegada de enemigos, fue el primero en percibir la luz que salía de las galerías más profundas; en ese momento, Brrrom se había dormido, una cabezada, había sido suficiente para perderse el cambio producido en la caverna en la que se habían refugiado.

   Un corto gruñido de Cronn, fue el aviso suficiente para que su jefe y amigo despertase, no querían despertar al resto de la manada; la luz era tenue y suave y parecía nacer de las mismas entrañas de la tierra, igual que el suave calor que hizo ascender la temperatura de la cueva hasta convertirla  en un lugar calido y agradable en el que no eran necesarias las prendas de abrigo.

   Los dos simios se miraron un momento y luego fijaron sus miradas en las galerías que parecían venir del mismísimo infierno; unos instantes después, una figura tenue y vaporosa se dibujó sobre la roca que formaba la pared más interior de la cueva; Brrrom pretendió llegar a su primitiva lanza, pero un zumbido producido por la tenue figura se lo impidió, tocó sus oídos con tal intensidad y agudeza, que casi le rompe los tímpanos.

   El zumbido pudo ser oído nada más que por Brrrom, que se revolcó de dolor primero y luego quedó paralizado, tendido, pendiente de la tenue figura que a nada se parecía , ni animal ni cosa alguna.

   En los oídos de Brrrom y en los de Cronn, comenzó a sonar una suave melodía que los calmó y les hizo quedar atentos, sin ninguna capacidad de reacción, aunque les hizo sentir el mayor pánico que nunca hubieran sentido, era un miedo que rayaba en lo insoportable, pero que a la vez relajaba sus nervios hasta resultarles difícil permanecer despiertos.

   Atenazados, semidormidos, los dos simios permanecían tendidos con sus ojos fijos en la tenue figura; el resto del grupo seguía durmiendo placidamente, sin enterarse de nada.

   No pudieron saber a la mañana siguiente los dos guerreros, cuanto tiempo permanecieron despiertos y en que momento se durmieron, pero el amanecer los sorprendió dormidos, nadie los había sustituido en la guardia; la manada despertó al unísono con las primeras luces del amanecer.

   Los machos del grupo, se sorprendieron de que  no los hubieran llamado para hacer sus guardias, pero el caso era, que les habían permitido dormir durante toda la noche, y eso les había venido bien, los había dejado descansar de la fatigosa jornada anterior; y en aquella cueva se dormía bien, su suave calor los arropaba como hacían las hembras con los cachorros.

   Brrrom organizó un grupo de caza con los cuatro machos más aptos, los demás quedarían de guardia en la cueva, junto con las mujeres y los cachorros; Brrrom y sus cuatro guerreros tomaron sus armas, sus lanzas y sus cuchillos fabricados con maderas y piedras afiladas, tomaron la dirección de poniente, la misma dirección del viento, así podrían sorprender a las posibles presas, aquel lugar les resultaba desconocido, no sabían que dirección tomar.

   Brrrom comenzó a ver dibujarse entre los árboles del bosque cercano, la tenue figura, la misma que había visto la noche anterior en la pared de la cueva, sin pensarlo comenzó a seguirla como si fuera una señal, tras unos momentos buscó la mirada de su amigo Cronn, ninguno de los dos quería confesar su experiencia de la noche anterior.

   Entre los árboles, pronto vieron un grupo de jabalíes que pastaban despreocupadamente, como entraron por sotavento, los cebados animales no pudieron percatarse de su llegada. Brrrom, organizó el ataque y tras lanzarle sus lanzas desde una corta distancia, tres piezas cayeron abatidas y no les resultó difícil rematarlos en el suelo con sus cuchillos de piedra.

   Mucho más trabajoso les resultó el trasporte de las tres grandes piezas hasta la puerta de la cueva, pero aquel era un trabajo agradable, tendrían comida para varios días, aquel lugar parecía traerles suerte, y mucha más suerte aquella misteriosa y tenue figura.

   La helada ladera cubierta por varios metros de nieve resultó difícil de andar llevando sobre sus hombros a los pesados animales, a sus presas aún calientes, ante ellos, apareció la tenue figura, que dibujaba su contorno indefinido sobre la blanca nieve, haciendo resaltar un azul suave y muy claro sobre el inmaculado blanco de la nieve.

   Comprobaron los dos simios, que solo ellos podían ver la vaporosa figura, que les mostraba la forma más cómoda de trasportar las presas; aparecía la figura tirando de un armazón formado por troncos, sobre los que se disponían las presas; del armazón se tiraba mediante unas tiras de cuero trenzado.

   Comprendió Brrrom que aquel artilugio era mucho más practico y cómodo para trasportar un gran peso sobre la nieve y se decidió a construirlo.

   La llegada a la cueva fue triunfal, a la gran alegría, le siguieron los trabajos de despelleje y despiece, luego encender el fuego y la fiesta, la gran fiesta con celebraciones y danzas a la diosa luna; pero del pequeño cerebro de Brrrom no se borraba la imagen de la tenue figura.

   Cuando todos estuvieron dormidos, rendidos por los sopores de la abundante comida; Brrrom estaba sumido en un duermevela que le hacía confundir los sueños con las realidades, su cerebro indagaba en los misterios de la tenue figura, cuando un sordo rugido proveniente del exterior le hizo saltar y ponerse de pie sobre la mullida piel de oso que le servía de lecho.

   Cronn también se había incorporado, ambos salieron al exterior con sus armas bien dispuestas; el rugido se repitió, sin duda provenía de detrás de unos matojos que crecían al refugio de la rocosa pared. Sabían los dos simios que no debían separarse de la puerta de la cueva que podía servirles de refugio, hasta que no hubieran identificado al enemigo.

   Cuando la negra y enorme sombra se puso de pie, a no más de cuatro metros de ellos, los dos cayeron de espaldas, a gatas se refugiaron en el quicio de la entrada blandiendo sus lanzas, no podían dejar de temblar al ritmo que marcaban sus nervudos brazos. No sabían identificar al animal que los amenazaba, pero ambos estaban dispuestos a defender con sus vidas la entrada de la cueva, a no permitir que aquel monstruo de más de tres metros causara daño a su manada, a su prole y a sus hembras.

   Al separarse del matorral y de la pétrea pared, la negra figura del monstruo se desvaneció bajo la luz de la luna y se convirtió en la tenue figura; los dos simios cayeron de rodillas y pusieron sus frentes sobre la nieve, sin atreverse a mirar a aquel ser que podía convertirse en semejante monstruo y al momento regresar a ser una figura tan espectral como dulce.

   No sabía Brrrom cual de las dos formas le infundía más miedo, la figura se les acercó y les impuso las manos sobre la cabeza, luego desapareció en las tinieblas de la noche, pero en el sitio donde había estado de pie frente a ellos, la nieve se había derretido.

   Los dos simios tardaron un rato en reaccionar y regresar al calido interior de la cueva, el echo extraordinario que habían presenciado, no era fácil de asimilar por sus primarios cerebros, pero era indudable que aquel poderoso ser quería algo de ellos; no tendrían más remedio que dárselo pensó Brrrom, era mejor estar al lado de alguien tan poderoso.

   Al día siguiente, las faenas se encaminaron a guardar la carne que les serviría de alimento en los próximos días, tenían suficiente carne para sobrevivir un tiempo sin tener que cazar, pero el problema consistía en encontrar un sitio que les permitiera enterrar la carne en la nieve y que ese lugar estuviera protegido de otros posibles comensales, de sus competidores.

   Cuando creían haber encontrado ese lugar, una oquedad llena de nieve que había en la misma pared rocosa, mientras estaban colocando en ella la carne; de las brumas del cielo apareció un descomunal pájaro que volaba sobre ellos; la sombra azul del pájaro resultaba aterradora, sus garras y su pico eran punzones brillantes y los atacaba clavándolos en sus hombros; el pájaro, cogió una de las piezas más grandes y la elevó en el cielo.

   Los simios solo pudieron seguirlo con sus atónitas miradas mientras se alejaba; unos metros más arriba, sobre la misma roca, el pájaro se posó en un pronunciado saliente y en él depositó la pieza de carne; luego volvió a atacar, tomó otra pieza e hizo lo mismo con ella, repitió la faena hasta que hubo llevado toda la carne al saliente que había en la roca, más arriba.

   Una vez estaba la carne en la nueva atalaya, el enorme pájaro azul tornó a ser la tenue figura; aquel ser les había indicado un mejor sitio para guardar la carne, se trataba de un lugar inaccesible para la mayoría de los competidores, solo era accesible por el aire y por una escarpada ruta por la piedra, que necesariamente pasaba por la puerta de la cálida y confortable caverna.

   Esta vez, todos los guerreros habían podido ver el milagro, y todos cayeron de rodillas y adoraron al prodigioso ser.

   Los simios subieron hasta la atalaya y enterraron con nieve la carne, desde allí, la irían bajando hasta la cueva según sus necesidades, ese sería su almacén en el futuro, y esto les garantizaría una buena conservación y un lugar seguro para guardar sus cacerías.

   Durante algunos días, la tenue figura, no se dejó ver por los simios, esto formaba parte de su estrategia, debía dejar que lo añorasen, que sus primitivas mentes lo echaran de menos, de esta forma, podría exigirles más pleitesía.

   Habían pasado más de treinta días, y los simios no habían tenido noticias de la tenue figura; una fría mañana, cuatro de los guerreros a las ordenes de Brrrom, se encaminaron al bosque para realizar una partida de caza, aquella mañana se le complicaron algo más las cosas y tras el ataque sobre un grupo de jabalíes, el más grande de los cerdos, solo resultó levemente herido por una de las lanzas; el berraco se revolvió contra ellos y asestó sendas cuchilladas con sus afilados colmillos a dos de los guerreros.

   Este era el momento que estaba esperando la tenue figura, ahora lo necesitarían, rogarían que viniera, aquella noche fue larga en la manada, desde primeras horas la fiebre se cebó en los heridos, que parecían arder tendidos sobre sus pieles; las hembras se desvivían intentando enfriar sus cuerpos con nieve, pero poco más sabían hacer.

   Brrrom quedó pensativo, estaba recordando las proezas que había visto hacer al extraño ser, quería llamarlo pero no sabía como hacerlo; salió a la puerta de la cueva y calló de rodillas, alzó sus brazos a la luna y luego los extendió hacía los matorrales donde lo vio una vez, comenzó un lamento pronunciado de forma cadenciosa, un triste cántico.

   Esto le pareció suficiente al extraño, que apareció de entre las penumbras de la noche y se dejó ver; Una gran capa celeste cubría todo su cuerpo, llegando desde sus hombros hasta el suelo; un velo blanco cubría su cabello y dejaba entrever un fragilísimo rostro casi transparente; tomó por los hombros a Brrrom y lo levantó de su postrada postura, luego entró en la cueva.

   De debajo de su túnica, sacó su mano derecha tapada por un fino guante, llevaba un objeto punzante, un pequeño cilindro transparente rematado por un brillante pincho. La tenue figura clavó el pincho en varias ocasiones en diferentes lugares del cuerpo de los heridos, luego se volvió hacia la manada y les habló en sencillas palabras de su incipiente e incompleto dialecto.

       - Cuando queráis llamarme, solo debe hacerlo Brrrom, lo nombro mi sacerdote, nadie debe mirarme al rostro, en mi presencia permaneceréis de rodillas y con la frente pegada al suelo; mi nombre es Yahvé.

   Dicho esto, Yahvé se marchó dejándolos solos, pocos minutos después, los dos heridos comenzaron a mejorar, la fiebre cedió y también los terribles dolores.

   Tras la excitación producida por los sorprendentes acontecimientos, la manada quedó dormida, ni siquiera montaron guardia, tal era su cansancio y su aturdimiento; y en este profundo dormir estuvieron hasta el amanecer, la luz de la mañana los encontró tumbados sobre sus pieles.

   Brrrom obligó a que todos se pusieran de rodillas, pegaran sus frentes al suelo y pronunciaran el nombre de Yahvé como agradecimiento; en ese momento, de las profundidades de la cueva apareció Yahvé, ataviado con una túnica dorada y un pañuelo blanco sobre la cabeza, toda la manada permaneció en el suelo, y Yahvé sacó de nuevo su punzante instrumento y pinchó con él a los heridos.

   Durante los siguientes días Yahvé los visitaba una vez por la mañana y otra por la tarde, hasta que los heridos estuvieron totalmente reestablecidos; ese día, Yahvé llevó aparte a Brrrom y de nuevo le habló en su incipiente dialecto.

       - Debo clavaros este instrumento a cada uno de los machos, para defenderos de algunas enfermedades, así que disponlos para esta noche.

   Brrrom explicó a todos lo que quería Yahvé, y todos estuvieron dispuestos, ya que no podía ser de otra forma

   Cuando fue bien entrada la noche, apareció en la cueva Yahvé, salió de las profundidades de la roca, ataviado con una túnica negra y sobre su cabeza un pañuelo del mismo color.

   De uno en uno inyectó a los machos, a todos y cada uno de ellos, hasta los dos adolescentes que aún no habían llegado a su madurez sexual, pero que estaban próximos a ella, los inyecto a todos con la pócima y les permitió que durmieran, incluido a Brrrom. Con esta maniobra se aseguró Yahvé de haber dejado esterilizados químicamente a todos los machos de la manada.

   Transcurridos algunos días, aprovechando que los machos habían salido en una partida de caza, Yahvé apareció en la cueva; su túnica era espectacular, mezclaba bordados en oro, en azul y en negro sobre un fondo blanco, el tocado de la cabeza estaba formado por unos bucles de pelo dorado que caía sobre su transparente rostro. Hizo que las mujeres se tendieran bocabajo, con el rostro entre sus brazos, sacó la aguja y fue pinchándolas una a una en la zona lumbar, buscando sus ovarios.

   Así se aseguró de que todas quedaban fecundadas; su plan se estaba consumando, debía asegurarse de que al menos el cincuenta por ciento de su genética, siguiera reproduciéndose en aquellos primitivos seres, que parecían tener con su extinta raza algún parentesco remoto pero evidente, era la única manera.

   No estaba seguro, pero Yahvé creía ser el único superviviente de su raza. Si hubiera tenido más medios, si estuviera en su planeta, podría haber sustituido todo el ADN de los simios por el suyo, y entonces tendría una descendencia idéntica a él, serían puros, pero era mejor la mitad que nada.

   Aún le quedaban algunas cosas que hacer, su naturaleza se agotaba en aquel lugar extraño, le gustaría aguantar hasta el nacimiento de sus hijos, pero no estaba seguro de poder hacerlo, tendría que asegurar otras muchas cosas.

   Solo tenía un pequeño frasco con un virus que él conocía, la viruela, sabía Yahvé que ese virus mataría a los pequeños; así que uno de los días en los que se hizo visible, simulando hacer una caricia a los dos pequeños cachorros, los rozó con una pequeña espina infectada; siete días después, los únicos cachorros de la manada habían muerto; ahora todos los esfuerzos de la manada se dedicarían a sus descendientes, los que nacerían dentro de unos meses, aproximadamente nueve; tampoco de eso podía estar seguro, no sabía como se comportarían los hibridos en el incipiente nacimiento.

   La tenue figura, cada vez parecía más tenue, más transparente, así que un día por la mañana, llamó a Brrrom e hizo que lo siguiera acompañado por sus dos mejores guerreros, fueron al bosque, los llevó a un claro en medio de la espesura, en el centro había una manada de ciervos; Yahvé sacó un arco que tenía colgado sobre su espalda, tomó una flecha y apuntó a un macho de ciervo, la flecha silbó sobre el prado y fue hasta el tórax del ciervo, cruzándolo como una exhalación y partiendo su corazón en dos mitades.

   La perplejidad de los simios fue total, durante varias horas estuvieron practicando, y aunque su puntería no era muy buena, eso era cuestión de tiempo y de práctica; con aquella nueva arma, la alimentación de la manada, sería mucho más sencilla; también los enseñó a hacer las flechas y sobretodo sus puntas.

   No podía permitirse Yahvé morir delante de ellos, así que consideró que había llegado la hora de retirarse a algún lugar inaccesible para aquellos simios; al marcharse, deslizó una mirada de esperanza a los vientres de aquellas hembras a las que ya se les notaba su gravidez.

 

 

 

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