El Nacimiento

                                         EL NACIMIENTO

 

 

 

   No sabía donde ir ¿Dónde podía dejarse caer? En su estado, todo resultaba más difícil, mucho más trabajoso; el tiempo comenzaba a agobiarla y el frío atenazaba sus miembros, sobretodo sus manos y sus pies, sus dedos parecían estar congelados y unos terribles pinchazos los atravesaban de parte a parte; pero un nuevo dolor que bajaba desde sus caderas tapaba todos los demás.

   Conocía bien aquel nuevo dolor, no era la primera vez que lo sentía; la otra vez también tuvo que valerse por sí misma; no acababa de aprender, podía echar las culpas a muchas cosas, pero sabía María que la culpa era suya y solo suya, podía justificarse alegando su extremada juventud, pero sin duda, también tenía gran parte de la culpa su belleza serena e insultante que conseguía que los hombres la deseasen intensamente, apasionadamente.

   Acababa de cumplir dieciséis años y estaba a punto de dar a luz a su segundo hijo; el otro, el primero, lo había dejado a cargo de su madre y de su prima Ana y ella se había acercado a la ciudad para un asunto de papeles, pera renovar su certificado de residencia, lo necesitaba para poder trabajar y ganar algo de dinero que le permitiera ayudar al mantenimiento de sus hijos que no tenían padre.

   Ciertamente que padre si tenían, pero no estaban dispuestos a hacerse cargo de su sustento, ambos la habían engañado, pero había que reconocer que quizás ella era fácil de engañar.

   El frío intenso que penetraba con facilidad sus ropas escasas e inadecuadas para aquellas fechas y aquellas horas; escuchó dar en el reloj de la plaza del pequeño pueblo, las doce campanadas que marcaban la media noche y a finales de diciembre el frío se dejaba sentir  en cada esquina, cuando la fría caricia del suave viento del norte cortaba su piel y la penetraba en lo más intimo de su cuerpo.

   Necesitaba encontrar un refugio, un lugar donde pasar la noche y quizás también donde aguardar la inminente llegada de su segundo hijo, que parecía pedir a gritos su salida; pero el grito que se escuchó en toda la calle fue el de María, que aunque lo intentó no pudo reprimirlo; una nueva contracción la hizo doblarse de dolor; era este dolor el único que conseguía apartar de su mente la sensación de frío.

   La puerta entreabierta de una cuadra la invitó a entrar y refugiarse de aquel frío que comenzaba a producir intensos tiritones, que contraía sus músculos haciéndole confundir las sensaciones y los dolores, confundía los pinchazos y dolores producidos por el intenso frío, con los que le ocasionaban las contracciones del inminente parto.

   En un rincón de la cuadra, encontró unas pacas de paja muy bien dispuestas y en derredor de ellas mucha paja suelta y esparcida por el suelo; aquel lugar le pareció magnifico, comparado siempre con el frío que había pasado en la calle.

   Recostada entre dos balas de paja y sobre un montón de paja suelta y seca, se encontraba cómoda, caliente y en cierta manera protegida aunque estaba completamente sola y abandonada en un lugar desconocido en el que su hijo se había empeñado en venir.

   Vinieron a su mente recuerdos que se mezclaban con sus sueños, recordó al soldado que era el padre del niño, el que la dejó preñada hace nueve meses, tras una tarde de risas y vinos; se trataba de un oficial de los soldados de la legión, un griego al que todos sus compañeros llamaban “El Pantera”, un fornido y joven oficial que primero la deslumbró y luego la emborrachó y por fin la sedujo.

   La consecuencia de aquella tarde de pasión estaba pronta a llegar, enormes contracciones la hacían gemir de dolor, aquellos dolores de parto, incontenibles y agudos le hicieron perder el conocimiento, quedar inerme con su cabeza apoyada en una de las pacas de paja y tendido el resto de su cuerpo sobre la mullida y cálida paja.

   Aprovechó su cerebro el momento de relajación, para evadirse de su dura realidad y buscó sosiego en apartados y tranquilos lugares; los dolores de parto cercenaban a la niña-mujer y sus pensamientos corrían por la orilla de un arroyo que cantaba dulces melodías de húmedas y calidas tardes, junto a un prado verde y a la orilla de una alameda.

   La alameda alcanzaba con sus sombras las cristalinas aguas del arroyo, que al introducirse en la arboleda, se convertían en aguas lentas y cenagosas, pardas por el lodo y oscurecidas por las sombras de los álamos que parecían sumergirse en ellas para buscar sus entrañas.

   Del interior de la arboleda comenzaron a surgir aterradoras figuras, amenazantes, sucias, turbias como las aguas del arroyo que se introducía entre sus umbríos dominios.

   Se entremezclaban los dolores del parto con el placer de ir a ver a su hijo, todo se amontonaba en su cerebro; no tardó en sentir en sus manos a la pequeña criatura; había nacido fuerte grosezuela y con ganas de vivir, a juzgar por su llanto, ruidoso y suplicante.

   Estaba la criatura, el recién nacido, cubierto de sangre y de líquidos amnióticos; a su lado, la placenta sangrante olía a carne fresca, a cachorro de mamífero indefenso, apetitoso y provocador.

   De entre las sombras no tardaron en surgir gruñidos y ruidos amenazantes; los ruidos se transformaron en aullidos ululantes, que invadieron el lúgubre bosque; el instinto de la niña mujer no tardó en volcarse en la protección del hermoso recién nacido.

   Una loba negra como el carbón vegetal, dejó entrever su figura entre los trocos de los álamos cubiertos de musgo y líquenes; merodeaba el negro cánido, atraído por los olores del parto que despertaban sus instintos de predador.

   Debilitada por el esfuerzo, la niña-mujer, se sentía incapaz de defender su cachorro de las fauces de la loba; aprovechando su debilidad, la negra loba introdujo en sus fauces al indefenso reciénnacido; luego comenzó a lamerlo a corta distancia de su lugar de nacimiento; una vez lamido y limpio el cachorro, se ocupo la loba de la placenta, que devoró en dos mordiscos.

   Pareció María recuperar algunas de sus perdidas fuerzas y las dedicó todas a intentar coger de nuevo a su reciénnacido, pero la loba se lo impidió con un rápido movimiento de su hocico, que lo apartó del alcance de las manos de su madre.

   La niña-mujer, se abalanzó sobre la loba, con la intención de pelear hasta la muerte por su cachorro, pero a la bestia negra, no le costó ningún trabajo derrotar y tumbar a la joven madre, que pudo ver como la loba amamantaba a su cachorro mientras comenzaba a comerse sus entrañas, las cálidas entrañas de la niña-mujer, sin que ella pudiera hacer nada por impedirlo; el dolor del hocico de la fiera hurgando en sus intestinos, resultaba irresistible, tanto como lo habían sido los dolores del parto.

   Aquellos tremendos dolores la despertaron, pero aquel sueño que pudiera haber sido reparador, resultó ser todo lo contrario; la tensión vivida, aquella pelea soñada con la loba, la había agotado tanto física como síquicamente, ahora se tenía que disponer a parir de verdad; ahora que se había desprendido del cortante frío de la calle, pudo permitirse quitarse la ropa interior y comenzar a apretar con todas sus fuerza que comenzaban a ser escasas.

   Después de la tercera contracción rompió aguas María y comenzó el parto propiamente dicho; apareció pronto la coronilla, pero el niño era cabezón y la cosa comenzó a complicarse; se sucedían las contracciones pero el parto no avanzaba.

   Una tras otra las contracciones se hacían más débiles, el dolor la estaba desfondando y ya no era capaz de apretar con la suficiente fuerza; el pánico se apoderó de ella, que en un momento de lucidez llegó a temer por su vida y por la de su hijo.

   Media hora más tarde, todo resultaba evidente, María se había rendido y no marchaba ni para adelante ni para atrás; incluso sus quejidos eran inaudibles; pero cuando todo estaba perdido, en la cuadra entró José, que había escuchado algún ruido.

   Para entonces María yacía inconsciente, reclinada en las pacas de paja; por su parte José, que había cuidado siempre de algunos animales, que había asistido a más de un parto, el de su burra y el de una vaca que siempre tenía problemas en el parto.

   El anciano se hizo cargo del problemas, se colocó entre la piernas de María y pocos segundos después tenía al niño en sus manos, pero este no respiraba, en cuanto le hizo una respiración boca-boca, el niño comenzó a llorar de forma desconsolada y por lo tanto a respirar; por la fuerza con que lo hacía, resultaba evidente que el niño tenía muchas ganas de vivir; el llanto despabiló a María, que inmediatamente comenzó a amamantar a su hijo.

   El viejo y pacífico José dejó sola a la madre y entró en la casa; no tardó en regresar con un humeante tazón de caldo que había sacado de la olla del puchero; aquello entonaría a la debilitada madre, le daría calor y alimento; el viejo dejó el tazón sobre la paca de paja, para que fuera ella la que decidiera el momento adecuado de tomárselo.

   Comenzó María a alternar los sorbos a la sopa, con besos a su hijo que no dejaba de mamar; el pequeño había decidido aferrarse a la vida; unos minutos más tarde, Madre e hijo estaban bastante recuperados; por su parte el niño se había quedado dormido y la madre, ayudada por José, entró en la casa y se sentó junto a la lumbre.

   Se encargó José de avivar la candela y luego se encargó de traerle otro tazón, con caldo y algo de fideos, para darle algo más de consistencia al plato; María se lo comió con ansia.

   María le explicó toda su situación a José, mientras se comía uno y otro plato y entraba en calor gracias a la lumbre que el viejo se había ocupado de activar, aportando la suficiente leña; al calor de la lumbre y tras haber comido, maría se sintió reconstituida; el recién nacido estaba profundamente dormido, envuelto en unas sabanas y unas mantas que le había dado el anciano.

-          Estoy pensando hija que tienes un grave problema; pero también te digo que puedes contar conmigo; tu hijo y tú podéis dormir en mi casa mientras queráis, en la calle hace mucho frío y aquí tendréis cama, candela y comida.

-          Pero yo no puedo pagarte nada, no tengo dinero.

-          No es necesario que pagues nada; yo estoy solo y no puedo tener mejor regalo que vuestra compañía, como si fuerais mi hija y mi nieto; no tengo ni una cosa ni la otra.

-          Tienes que dejar que me lo piense, pero por lo pronto, me quedaré en tu casa unos días, hasta que mi niño esté en disposición de viajar, tengo que regresar a mi casa.

   Le explicó José que estaba dispuesto a recibir en su casa a ella y a sus dos hijos, incluso estaría dispuesto a darles su apellido, a casarse con ella, aunque este fuera un matrimonio casto y utópico, esto beneficiaría a los niños, les ayudaría en su ya complicada vida.

   Le aclaró José, que el solo les pediría a cambio compañía y respeto; sería más que un padre, un abuelo, que los defendería de la agresiva sociedad y les daría una estabilidad económica.

  

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   En un cercano palacio, a pocos kilómetros de donde se había producido el nacimiento, un alto cargo religioso, estaba muy preocupado por el rumbo que estaban cogiendo los acontecimientos sociales, por las protestas del pueblo llano ante el rumbo que estaba tomando la economía y las penurias a las que estaba abocado.

   Sabía el prelado que la única forma de distraer al pueblo de los graves acontecimientos económicos que se avecinaban, era desviar su atención hacia acontecimientos de alto contenido religioso; hacia supuestos prodigios y milagros.

   Tenía muy claro el alto jerarca religioso que nada distrae mejor al pueblo que un prodigio, un milagro y estaba él pendiente de que por esos días se cumplía el tiempo de una vieja profecía, que avisaba de la llegada de un enviado divino, un Mesías, que esos días podría interpretarse que cumplía los días de su llegada.

-          Necesito que me traigas la información de todos los niños varones nacidos en estos días en la zona.- Dijo el jerarca a su mano derecha.

-          Lo haré señor, mandaré soldados a todos y cada uno de los pueblos de la comarca y ellos revisaran cada casa y preguntaran a nuestros informadores, a nuestros chivatos; sabremos de todos los nacidos en esta comarca y en las comarcas vecinas, no se nos escapará nadie, lo sabremos todo.

-          Necesito esos datos, hazlo con diligencia y además por otros medios debes correr la voz de que ha nacido el Mesías, tenemos que ser discretos, que no sepan que lo hemos promovido nosotros.

-          Ya lo hemos hecho otras veces, sabremos hacerlo con discreción.

-          La discreción es indispensable, todo debe ser designio de Dios, ya lo sabes.

   La guardia salió de palacio en busca de los lugares preestablecidos, siguiendo un plan y un protocolo mil veces ensayado; para los guardias aquello era un rutina mil veces repetidas; fueron primero a por los informadores, los chivatos y luego también fueron de casa en casa, informándose de todo lo acaecido en los últimos días.

   Esa misma noche estaba en manos del prelado, el amplio informe que le habían elaborado los emisarios, que habían recorrido las casas de los pueblos de la comarca, incluida la de José, donde habían descubierto a María y a su hijo; además pudieron enterarse de todos los pormenores del hecho, aunque José les aseguró que él se haría cargo del niño y de la madre, así como de otro hijo que había dejado con su madre.

   Este fue el nacimiento que más interesó al prelado, que se ocupó de citar en el palacio tanto a José como a María, a los que ordenó que vinieran con el niño.

   Al día siguiente, a media mañana entraban en el palacio tanto José como María que llevaba en brazos al recién nacido; le presentaron al prelado al niño que aún no tenía nombre, se interesó mucho en verlo desnudo; observó cada detalle de su cuerpo; tras examinarlo le realizó un profundo interrogatorio a los padres, se interesó por sus árboles genealógicos y por todos sus antecedentes familiares.

   La conversación fue larga y el prelado abrió un amplio expediente sobre el caso, explicando en él todas las particularidades familiares; esto le permitiría al prelado hacer un plan, que llevaría a designar al neo-nato como nuevo Mesías.

-          Está bien, designaremos al niño como posible Mesías, pero para ello hay algo a lo que debéis comprometeros; tenéis que obedecer mis instrucciones al pie de la letra.

-          Espero eminencia que esto sea en beneficio del niño.

-          Comenzaremos por ponerle un nombre, se llamará “Emmanuel” que significa “Dios con nosotros”, del resto me encargaré yo; tengo noticias de que llegan unos astrónomos de la zona de Lepe, ellos son conocedores de las profecías y vienen buscando al Mesías, me encargaré yo de enviároslos, os colmaran de regalos, ese será vuestro primer beneficio; pero debéis ser muy prudentes, la mejor palabra es la que queda por decir, solo tenéis que dejaros alagar y regalar, pero debéis ser prudentes; habrá alguien que estará en vuestra casa y estarán vigilante; él os proporcionará las instrucciones necesarias.

-          En cuanto a la educación de nuestro niño ¿podemos decidir su educación?

-          Lo haréis siempre bajo nuestra supervisión. Este niño va a ser muy importante.

   Los incipientes padres, los progenitores de un incipiente Mesías, se marcharon, con la alegría adecuada; realmente desconocían las consecuencias de aquello.

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