CUENTOS DE TERROR

                                              LA SOMBRA

 

             La noche caía sobre la ciudad, el inmenso parque quedaba solitario, lleno de sombras y luces tenues, filtradas por el follaje apelmazado que se balanceaba y susurraba lúgubres canciones, encerraba rincones impenetrables a la vista de los transeúntes que eran pocos y lo cruzaban embozados y deseosos de llegar al otro lado. Rincones de descanso y sosiego para algunos animales que querían ocultarse a la vista de curiosos y enemigos potenciales.

            Redonda, blanca, recortada sobre el oscuro tapiz azul del cielo, tímida, se asomaba la luna, apacible, iluminando apocadamente las amenazadoras tinieblas que se cernían sobre la vegetación. Se asomaba la luna entre móviles nubarrones sin contorno definido, mimetizados con el profundo azul del cielo y el negro azulado de la noche.

             La señora de la noche, la blanca luna, se asomaba un instante y luego se escondía, permitiendo de nuevo el reino de la tiniebla, de la oscura noche.

             Gustaba el astro blanco de jugar con las tinieblas, se escondía tras una nube viajera, que cruzaba el cielo de poniente a levante, confundiendo a los observadores, queriéndoles demostrar que era ella la que se movía a capricho en el oscuro cielo; como si fuese libre y no estuviese sometida a una orbita fija, a un caminar rectilíneo; como si su voluntad fuese la razón de su movimiento e iluminase las cosas a capricho, eligiendo lugares y momentos; como si se tratase de un ser vivo, capaz de tomar decisiones, que jugase en el cielo riéndose de todo y de todos. Coqueta y caprichosa como una novia engalanada para sus nupcias.

             Jugaba la señora de la noche, provocando tinieblas físicas que se percibían con los ojos y que acuchillaban el corazón de los más valientes, también otras tinieblas eran intuidas por otros sentidos; tinieblas que jugaban suaves y sibilinas tras los ramajes mal definidos, flotantes, sin pertenecer a un árbol concreto; sin entronque con ninguna planta viva. Tinieblas que se balanceaban en la oscuridad de un tenebroso rincón perdido del parque.

             La lechuza parecía descoyuntar su cuello cuando giraba a uno y otro lado su redonda cara blanca; sobre la que destacaban dos ojos redondos y desproporcionados, que desesperadamente buscaban una presa, entre las muertas y resecas hojas que tapizaban el suelo húmedo, lúgubre. Su pico ganchudo y afilado ocupaba el centro del círculo blanco de su rostro, su mirada escudriñaba su territorio lleno de murmullos crujientes y acompasados por el ir y venir del frío viento.

            La fría noche de finales de otoño, trascurría apacible entre rayos blancos de luna y ráfagas de helado viento. De cuando en vez,  el silencio se rompía con el murmullo de la hojarasca mecida por una brisa fría, la misma brisa que acariciaba los festones bordados de la gran capa negra que cubría por completo a la siniestra figura.

             Un negro sombrero de ala redonda y ancha, ondulante como las olas del negro mar cercano, y presente en forma de murmullo de olas; remata la difusa imagen que se intuía sentada en el banco del apartado rincón, perdido en la intrincada selva del parque; allí bajo los árboles negros y llenos de murmullos inquietantes.

 

            El rugido de la mar del norte era a cada minuto más presente, más palpable; llena con el ronquido acompasado de las rompientes olas, las tinieblas de la noche, noche que se hacía insondable y terrorífica; confundiendo la oscuridad del mar, con la oscuridad del cielo; no permitiendo que línea alguna, separase el uno del otro, como si la tiniebla fuese una sola, un solo infierno rugiente y amenazante.

             El asiento metálico, negro, de hierro fundido, tamizaba el aire frío entre sus intrincados y mitológicos dibujos, de sátiros, demonios y monstruos de largas lenguas y caprinos cuernos. Sus diabólicas figuras parecían moverse. Banco helado, situado en el apartado rincón perdido en la tiniebla que todo lo llenaba. Sentada, la esbelta figura, corvada como una infernal lente; a la que podría atribuirse cierto perfil humano.

            Tensado el arco de su cuerpo, sentada en el banco negro, frío, metálico; apoyada sobre sus brazos terminados en ganchudas manos; que agarraban con fuerza la larga vara. Provocaba la confusión de su perfil, con las flotantes ramas danzarinas entre la niebla que todo lo envolvía, como una gasa vaporosa. Las amplias mangas negras colgaban de sus brazos y cubrían hasta la punta de sus dedos. Dedos que se afierran  a su herramienta larga y negra.

              La lechuza escudriñaba el suelo con sus negros, redondos, brillantes ojos, ávidos de sangre; engarzados en su cara redonda, blanca, oscilante como péndulo lento de reloj. Son los encargados de atrapar cualquier movimiento en su sensible retina.

 

            Sus sensibles oídos analizaban cada roce, cada crujido, cada murmullo del suelo; que su cerebro sabía distinguir, separar, situar, ponderar; para identificar al enemigo o a la presa, al peligro y al alimento.

             El ave nocturna y rapaz, necesitaba inspeccionar cada rincón de su campo de caza, desde su despejada atalaya. Por el contrario, la negra figura del banco, no necesitaba alzar su vista para ver.

            En el suelo, una pequeña, suave, gris cabecilla, precedida por un puntiagudo y húmedo hocico de atusados bigotes; asomaba sobre las hojas muertas. Sus encendidos ojos negros, vivarachos, redondos y pequeños; escrutaban la oscuridad del parque; su fino olfato, buscaba alguna semilla derribada por el frío y húmedo viento de otoño; para saciar el hambre que atenazaba sus intestinos; que los pellizcaba con dedos de hierro, produciendo tal desesperación en el animal, que le hacían arrinconar el miedo. Procuraba no mover la mullida capa vegetal, para no delatarse a los ojos de la paciente e implacable cazadora.

             La experiencia ancestral gravada en sus genes, le mandaba tener prevista la huida; su carrera hasta el refugio debía estar medida, calculada; cada paso y cada obstáculo debían estar siempre grabados en el grafico que su cerebro dibujaba y modificaba en cada circunstancia, en cada movimiento, a cada nueva posición.

            La pata metálica del banco, corcovada y prieta de figuras diabólicas, que difuminaban su contorno hasta hacerlo indefinido, casi confundiéndolo con las sombras que lo inundaban todo; hasta mezclar los limites de lo sólido, con el etéreo del frío aire en el que se desvanecían, sombras, vapores, nieblas, sensaciones y miedos; que se introducían en la hojarasca hasta el húmedo suelo.

             Un movimiento innecesario, excesivo, superfluo, quizás un fallo, una imprevisión; descubría la posición del roedor bajo las muertas hojas. El astuto animalito inmediatamente reconoció su error y un escalofrío recorrió su cuerpo; desde su negra, pequeña y húmeda nariz, hasta su curvo y afilado rabo. Su columna vertebral recibió precisas ordenes desde su cerebro; pero el pájaro de la noche extendió sus alas, y un blanco relámpago se dibujó en el oscuro follaje. El ataque y la huida, la vida y la muerte; ambos contendientes entraron en el dilema de vivir o morir, de la supervivencia, del ser o no ser. La lechuza, el pájaro de la noche lanzó su ataque, ya no había disimulo, las cartas estaban sobre la mesa.

             La huida fue primero imperativa, luego frenética; el roedor sabía que un segundo separaba su vida de su muerte. La carrera fue rápida, desaforada, ya no cabía trastienda; solo la velocidad podía salvarlo, y corrió como si en ello le fuera la vida. La carrera fue resuelta y directa a su refugio, todo lo tenía calculado, las distancias medidas, conocía cada paso, cada obstáculo, esta vez ganaría su supervivencia. No valían diplomacias ni estratagemas; su salvación era alcanzar la pata del frío y negro banco, bajo ella estaba el agujero; objetivo y salvación del pequeño mamífero, su refugio, su cálida guarida.

             La oscura y cóncava sombra, movió su largo y duro báculo, un movimiento casi imperceptible, corto, rápido, muy hábil. El grave sonido de la vara al impactar con la base metálica de la pata, rompió el cadencioso silbido del viento; para el roedor sonó como un trueno, como la caída del universo sobre su cuerpo diminuto y frágil. Luego un chillido agudo, corto punzante, el largo y fino rabo quedaba atrapado por la punta de la negra vara, permitiendo al ave de la noche, a la cazadora paciente e implacable, a la lechuza; clavar sus uñas en el peludo y blando cuerpo del roedor, de nuevo un chillido de muerte y desesperación, luego el silencio.

             La negra y siniestra figura levantó la cabeza, permitiendo que bajo el ala amplia y sinuosa de su negro sombrero, penetrara un  claro rayo de luna, blanco y frío, que iluminó el huesudo rostro de la muerte. El mismo rayo, tocó el filo cortante, y arrancó un destello helado de la hoja de su guadaña.

     

 

 

                                                    FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                 LA CASA

 

   Algo apartada del resto de los edificios del pequeño pueblo, la majestuosa figura del imponente caserón, se dibujaba a esas horas contra el rojo resplandor del crepúsculo de esa tarde del verano de mil novecientos setenta y seis.

   Marta, una jovencita de quince años, regresaba a la casa familiar tras una trabajosa jornada escolar en el pequeño instituto del pueblo; su uniforme, formado por una falda plisada de lino, tintada en grandes cuadros de un azul grisáceo y otros, en un amarillo muy pálido, casi blanco; sujeta a sus hombros por unos anchos tirantes que en su pecho se juntaban en un peto del mismo tejido y color, resaltaban sobre una fina camisa de lino muy blanca.

   Difícilmente conseguía el amplio uniforme, disimular sus formas de mujer, que empezaban a resaltar a ojos de todos; sus piernas fuertes y bien formadas, sus anchas caderas, que se marcaban con abundancia bajo la amplia falda; y sus incipientes pechos jóvenes y prietos que se insinuaban bajo la camisa.

   Su negro pelo muy bien peinado en una melena mullida por los rizos y tirabuzones, enmarcaba un rostro blanco y juvenil, de rosada boca siempre marcada por una sonrisa. Unas cejas negras resaltaban en su blanca frente sobre unos ojos también negros y rasgados hacia sus sienes.

   La pesada cancela de hierro cedió, no sin trabajo y esfuerzo, al empuje de la niña; gimió sobre sus goznes y permitió una apertura estrecha que dejó a Marta entrar en el jardín, fuertemente cercado, de la casa familiar.

   Con sus libros colgados del hombro, juntos en un hatillo prieto por unas finas correas de cuero, Marta hizo una corta carrera hasta la puerta de madera, que parecía haber sido repujada por la mano delicada de un concienzudo orfebre, al que el tiempo no importara, solo su trabajo y su oficio.

   Los motivos de la enorme talla realizada sobre la dura caoba que en una sola pieza, formaba cada una de las dos enormes hojas de la puerta, eran florales y vegetales, delicados y tan intrincados, que ningún espacio quedaba libre entre ellos. Dos aldabas colgaban del centro de cada una de las dos hojas; y tres bisagras de hierro forjado sujetaban cada una de las grandes puertas al fuerte y amplio marco de la misma madera y decoración.

   Un golpe de aldaba fue suficiente para que la puerta se abriera solo lo justo para dejarla pasar, Marta buscó inútilmente tras el portón al que le había facilitado la entrada, todo fue inútil, no había nadie tras la impresionante mole de madera labrada; Marta empujó con suavidad la puerta que se cerró tras ella como por inercia y quedó la niña plantada en el inmenso salón.

   Una tenue voz pronunció su nombre desde la lejanía de la primera planta, era su tío Máximo que reclamaba su presencia desde su lecho, allá en su dormitorio. El salón, que a esas horas y a cual quieres otras mantenía una medida penumbra que a duras penas permitía ver en el fondo a la derecha, la descomunal escalera; la que siempre se movía bajo sus pies, la que a ella le parecía que pretendía abrazarla.

   Su tío, y el mayordomo, siempre le aseguraban a la niña, que eso eran impresiones de ella, pero Marta les podía jurar que la sentía moverse, como si se combara con dulzura bajo sus pies, la verdad es que no le daba miedo, le parecía como si solo quisiera abrazarla, toda la casa parecía desear tenerla entre sus brazos, en cierta forma le recordaba la casona, a su abuela; aunque solo conoció a la vieja señora durante un breve periodo de tiempo, murió la señora cuando ella tenía dos años; sí recordaba como entre sueños, sus abrazos empalagosos y sus caricias continuas, que parecían tener preferencia por sus mofletes.

   Aún le parecía sentir su aliento y su presión, como si la señora quisiera meterla dentro de su pecho, de aquel enorme pecho calido y mullido. Fue la misma sensación que sintió al pisar el primer descansillo de la enorme escalera, toda la estructura se curvó y la meció un instante en el aire, al menos, ella lo sintió así mientras subía con su juvenil trote hacia el primer piso, en busca de su anciano y decrépito tío.

   La sensación que le trasmitió la escalera la hizo detenerse un instante; el gran salón quedó en silencio sin su cadencia de pasos sobre los viejos escalones de madera; fue entonces cuando le pareció escuchar un dulce suspiro. La verdad es que estas sensaciones le trasmitían un montón de sentimientos, pero entre ninguno de ellos había lugar alguno para el miedo, a pesar de lo que le contaban sus compañeros de clase, que llamaban a la casa “El caserón maldito“.

   Detrás, había quedado el enorme salón, su gigantesca lámpara de cristal labrado colgada del techo como una colosal y sutil tela de araña, que siempre permanecía apagada, permitiendo que fueran visibles los lúgubres candelabros que eran los únicos visibles, y que permanecían pegados a la pared, separados por enormes trechos de muro de piedra, unos muros que a todos parecían fríos, pero que a ella le parecían mullidos y cálidos.

   Ante ella se extendía el largo pasillo que conducía al ala de poniente, en ella estaba el dormitorio de su viejo tío, y un poco más adelante, el de ella misma; en realidad era el único ala noble habitada de la casona, solo en el ático habitaba el servicio, aunque allí le estaba a ella prohibido subir, muy prohibido.

   Marta fue primero a su dormitorio, y sin entrar siquiera, arrojó el hatillo con sus libros sobre una silla colocada oportunamente junto a la puerta de entrada, un cántico como una sonrisa resonó en sus oídos, esta vez si consiguió la casona erizar su bello, los pelos de su espalda. Luego corrió hasta la contigua habitación en la que dormitaba su tío Sebastián, el hermano mayor de su difunto padre.

       - Buenas tarde tío Sebastián, de nuevo estoy en casa; si no mandas otra cosa, iré a hacer mis deberes.

       - Solo quería verte, noto como se estremece la casa con tu llegada; si necesitas alguna cosa pídesela al mayordomo, el te servirá con mucho gusto. Tú sabes que todos estamos a tu servicio.

       - Gracias tío, iré a estudiar un rato a la biblioteca.

   La muchacha salió de la alcoba y cerró la puerta tras ella. El tablazón del suelo del pasillo se estremecía a su paso, siempre tenía la sensación de caminar sobre algo vivo, como si la casa fuese capaz de percibirla, de apreciarla, quizás, incluso de amarla, aquella casa que construyó su abuelo, parecía estar destinada a ella, como si el objetivo de su abuelo hubiera sido construirla para ella, su única heredera, y portadora de su sangre; de la sangre de aquél extraño personaje que de forma poco clara amasó una gran fortuna; poco clara para ella, porque para los habitantes del pueblo, el asunto de la fortuna de su abuelo parecía absolutamente del dominio publico.

Recorrió el pasillo de vuelta hasta la gran balconada, hasta la que llegaba la escalera, y desde la que podía verse todo el salón  de la planta baja y la puerta de entrada. Un suspiro acompañó su paso, como una música que acompasara sus pasos; desde el corredor del ala de poniente, hasta el corredor del ala de levante, del que también salían el corredor del ala norte y el del ala sur.

   Marta se encaminó por el corredor norte hasta la gran biblioteca; una puerta de dos hojas, grande y pesada, permitía la entrada a la amplia estancia tapizada de viejos libros escrupulosamente colocados en estanterías de noble madera que no permitían ver las paredes. Otras tres estanterías cruzaban la estancia, trazando en ella cuatro pasillos simétricos que se unían en una zona libre de estanterías y en la que había una gran mesa que se dedicaba a la lectura.

   La noche sorprendió a Marta sentada a la mesa, leyendo un antiguo libro que había tomado de la estantería de poniente, la dedicada a libros de historia. La entrada en la biblioteca de Casimiro, el mayordomo de pelo blanco y cuerpo longilineo, sorprendió a la muchacha subida en la pequeña escalera móvil que le permitía alcanzar los libros más altos del estante. No pudo el viejo sirviente evitar el fijar su mirada en las juveniles piernas de la muchacha; que desde esa perspectiva le permitía verlas en su totalidad, hasta sus glúteos redondos y prominentes.

       - Cuando la señorita lo desee puede cenar, se va a servir la comida en estos momentos, debe ir a cambiarse para cenar, puede que hoy baje su señor tío.

   Marta estaba petrificada, la mirada del viejo mayordomo la había penetrado hasta los huesos, no pudo mover un dedo hasta que este cerró la puerta de la biblioteca con muchísima parsimonia tras haber salido de la estancia. La niña corrió hasta su cuarto, se desnudó para cambiar su uniforme del colegio por una indumentaria más apropiada para la cena; cuando estuvo desnuda, sintió una mirada clavada con fuerza en sus juveniles carnes, le pareció que provenía de la ventana, pero nada pudo ver; se colocó con rapidez un vestido de raso, azul oscuro, repleto de encajes que le pareció el apropiado por si bajaba su tío, antes de salir, deslizó una ojeada al cuadro que representaba a su abuelo, y que presidía su alcoba; siempre le parecía que los ojos del anciano seguían con avidez cada uno de sus movimientos; recordó Marta cuanto la quería aquel venerable anciano; con esta indumentaria bajó la niña al comedor.

   La enorme mesa del comedor estaba prepara para la cena, un solo cubierto en un lateral parecía perdido en la enorme estructura de caoba labrada, infernales figuras decoraban sus enormes patas; estaba la mesa rodeada de enormes sillas también labradas con los incomprensibles motivos que contenía la mesa, sillas que resultaban casi imposible de mover para ella. Casimiro se ocupó de separarle primero, y aproximarle después, la pesada silla.

   Rosa, la criada que se encargaba de servirle la cena, aprovechó el momento mientras le servía una humeante sopa, para susurrarle al oído algunas palabras.

       - Mi niña y señora, no salga de su dormitorio esta noche por ningún motivo, escuche las palabras o las llamadas que escuche, los espíritus andan revueltos y me han dado un soplo. Atranque bien la puerta por dentro antes de acostarse. Los gruesos muros de piedra de la casa la protegerán.

   Después de cenar sola en el enorme comedor, subió hasta el dormitorio de su tío, le dio un beso de buenas noches y se marchó a su alcoba. Hizo caso de lo que le había dicho la cariñosa criada, cerró la puerta con doble vuelta de llave; y pareciéndole esto poco, la atrancó con una silla usándola como puntal bajo la manilla de bronce del picaporte.

   Pocos segundos tardó en colocarse el pijama y meterse en la cama, dejando solo encendida la pequeña lámpara de la mesilla de noche que iluminaba tenuemente el rostro de su respetado abuelo, el fundador de la dinastía que acababa en ella; aquél rostro siempre le inspiraba confianza y protección.

   Por la ventana, situada frente a su cama, a pesar de los visillos, podía ver como la oscuridad de la noche había invadido el jardín, convirtiendo las flameantes figuras de las copas de los cipreses, en danzantes espectros que apenas conseguían resaltar de la oscuridad reinante.

   Las cimbreantes figuras negras, querían demostrar la existencia de un viento que en realidad no había, nada se escuchaba, no aullaban los cables que colgaban de los postes de madera, ni sonaba el tintineo del cable del pararrayos que bajaba pegado a la pared; tampoco sonaba el silbido del viento en las rendijas de la madera agrietada de la balconada, nada denunciaba la presencia del ruidoso viento, pero los cipreses danzaban un sincrónico baile de lentas armonías.

   Las negras figuras parecían acercarse y tomar formas humanas al proyectarse en los visillos que cubrían las ventanas de la alcoba de Marta. Un momento después, la luz se apagó, aunque eso sucedía con frecuencia no dejaba de sobrecogerle, por un instante, le pareció a la muchacha que las figuras, adquirían rostro, buscó instintivamente la protección en el apacible rostro del retrato de su abuelo; el viejo mantenía su ceño fruncido, como si una alerta general lo hubiera invadido todo en medio de la absoluta oscuridad; los muros de la casa respiraban agitadamente, haciendo que la alcoba pareciera un pulmón que fuera regado por el flujo sanguíneo que impulsaba el corazón trepidante del abuelo desde su cuadro.

   En la ventana, al contraluz de un silencioso relámpago, un resplandor mudo, no por ello menos terrorífico, se dibujaron sobre los visillos, cien rostros de hombres de color; rostros desencajados por el dolor y el odio de un siglo, contenido difícilmente en aquellos espíritus expectantes de su  segura y secular venganza; la que le juraron a su amo, al mercader de esclavos que comerció con ellos y con sus hijos, con el cuerpo de sus mujeres y con su libertad.

   El relámpago fue haciéndose continuo, solo intermitentes penumbras añadían incertidumbre y terror a la escena, la luz del relámpago mantenía la luminosidad suficiente para que los visillos de la ventana se convirtieran en la pantalla de un proyector; sobre ellos comenzaron a sucederse las imágenes, la niña, presa del pánico, ocultó su cara con las ropas de la cama, pero estas eran traspasadas limpiamente por las escabrosas imágenes, como si no existieran tales ropajes.

   Las caras desencajadas por el dolor de los esclavos negros, rotaban en un circulo infernal, que encerraba las imágenes de las miserias y de los abusos de los amos sobre los esclavos; podían verse sesiones de azotes, que incluían a niños y a mujeres; podían verse violaciones de jóvenes negras, algunas de ellas aún niñas, que eran violentadas por hombres barbudos de aspecto tosco y desaliñado, con sus caras de gesto descompuesto por la lujuria y la lascivia.

   Marta intentaba esquivar aquella visión, pero no podía conseguirlo, fuera cual fuera la postura que adoptara o cuanto se tapara su rostro y sus ojos, solo conseguía aliviarla centrando su mirada en el retrato de su abuelo. Sobre el retrato del viejo traficante de esclavos, comenzaron a aparecer imágenes que conseguían distraer la atención de la niña y traer su mirada sobre ellas; estas imágenes representaban los comienzos del viejo, cuando aún muy joven peleaba por sobrevivir en la posguerra de la unión contra los estados del sur.

   Representaban las imágenes que aparecían sobre el lienzo, a un hombre joven que peleaba por salir de la miseria, un hombre de corazón generoso que compartía con sus paisanos lo poco que tenía o conseguía, cazando con trampas en el bosque algunos pequeños animales que le servían de alimento a él y a los suyos.

   Una terrible imagen capturó la mirada de Marta, sobre los visillos de la ventana apareció ahora un barco cargado de esclavos, navegaba por aguas oceánicas con negros hacinados en sus bodegas y en su cubierta, los cuerpos de los hombres muertos yacían por doquier, desmembrados y putrefactos, pisoteados por los moribundos que dormitaban sobre ellos. En el puente de popa, pudo Marta ver a su abuelo contemplando impasible el espectáculo, incluso ordenando la fustigación de algún insurrecto.

   Sobre el lienzo, aparecieron con fuerza nuevas imágenes, los ojos de Marta se desencajaron al ver en primer plano, como una espada, segaba limpiamente la cabeza de un colono blanco, y el cuerpo decapitado lanzaba al aire surtidores de sangre, de la que pudo percibir incluso su calor; luego el esclavo negro que blandía la espada, continuó mutilando a las mujeres y a los niños de esa familia.

   La respuesta sobre los visillos no se hizo esperar, el rostro de una niña negra, de poco más de diez años, a la que le fue arrancado su pobre vestido, dejando al descubierto sus incipientes formas de mujer, era tumbada bocabajo sobre un potro de madera y violada por un hombre blanco, esta vez el violador era su propio abuelo.

   El espíritu negro, salió disparado de los visillos y vino como una exhalación hasta la cama de marta, le arrancó las ropas de cama y luego comenzó a desgarrarle el pijama, dejándola desnuda, la volteó sobre la cama poniéndola bocabajo, y el negro, desnudo, inició la violación de la niña. El anciano abuelo dio un grito, y lanzó su espíritu contra el espíritu del negro, consiguiendo separarlo de su nieta, ambos espíritus se enzarzaron en una terrible lucha sobre la propia cama, enorme esfuerzo le costó al viejo, conducir el espíritu del padre negro de la pequeña esclava violada, de nuevo hasta la ventana de la que había partido.

   Los muros de la casa respiraban con violencia, los árboles del jardín se cimbreaban lanzando al aire un mantenido y aterrador lamento, la lucha descarnada estaba declarada; la niña sollozaba aún bocabajo, desnuda sobre la cama, mostrando la amplitud de sus caderas y sus redondos y firmes glúteos; al instante siguiente, lanzó un grito y su cuerpo se arqueó en un escorzo imposible, hasta alcanzar las ropas de la cama y taparse hasta la cabeza.

   Tras unos instantes en los que todos los contendientes parecían querer recuperar sus fuerzas, pero en los que la tensión podía palparse en cada milímetro de aire, un nuevo espíritu, el de un muchacho joven y mulato, saltó desde la ventana y se lanzó contra Marta, el espíritu la atravesó de parte a parte como una bala sin cuerpo; el dolor que recibió la muchacha fue insoportable, y un grito, más bien un aullido, se diluyó en la alcoba; el espíritu del joven negro fue a estamparse contra un muro, y fue engullido por las gruesas piedras, atrapado por el muro, desde allí gimió una lacónica frase.

       - Eres mi abuelo tanto como el de ella.

   La noche transcurrió en la tensión propia de la batalla, el abuelo mostró a la nieta en continuas y descriptivas imágenes, lo que aquella actitud cruel había reportado a la familia y a ella misma; hasta que un rayo de luz tocó los cristales, todo lo que hasta entonces había sido real, se desvaneció bajo el sol de la mañana; cuando Marta se sintió sola, fue a vestirse con rapidez, a colocarse su uniforme del colegio, fue entonces cuando el estirado y viejo mayordomo vino a llamarla; era la hora de acudir al colegio como todas las mañanas.

   Marta entreabrió la puerta de la alcoba de su tío, que permanecía dormido en su lecho; tras cerrarla, bajó a la cocina, donde Rosa, la simpática criada le había preparado el desayuno, y le dedicó una cariñosa sonrisa, deseaba Marta salir de la casa, sentir el aire de la mañana en su rostro, que aún conservaba las huellas de la lucha mantenida la pasada noche.

   El gran portón de caoba labrada se abrió sin que Marta tuviera apenas que tocarlo, como si su descomunal masa hubiera desaparecido, y fuera liviano como una pluma; Marta salió al soportal, desde este, bajó los dos escalones amplios y de mármol blanco que lo separaban del jardín, y una vez bajo uno de los cipreses centenarios, lanzó una última mirada a la ventana de su alcoba, la que tanto le había hecho sufrir la pasada noche.

   En la ventana, tras los visillos, pudo ver su propia figura, desnuda tras los visillos. El cuerpo de Marta, en ese instante, cayó al suelo sin vida, desde ahora y para siempre, quedaría su espíritu al lado del de su abuelo, dentro de la protectora casa que el traficante de esclavos había construido para ella.

 

                                                       FIN

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